Me viene a la cabeza todas las veces que he escuchado a alguien hablar sobre la urgencia de un cambio en su vida.
Es como un mantra que deambula, va y viene, incesantemente, en
diferentes formatos: “necesito un cambio”, “necesito que cambies”, “es
necesario que el mundo cambie”. El denominador común de estos tres tipos
de demanda es que se sustentan en una creencia que predica que mi
plenitud reside en última instancia en los demás o en el exterior. En la
sociedad actual, para poder saciar esta necesidad de cambio, se vende
mucha actividad y muchos productos que nos prometen paraísos terrenales y
cambios para “mejorar” nuestra vida. Sin embargo, aunque exista mucha
circulación de actividades hay muy poca experiencia. Viajamos, por
ejemplo, buscando una experiencia que nos llene y, en muchas ocasiones,
volvemos con las maletas repletas de cosas, comprobando, al mismo
tiempo, que tan rápido como se llenan también se vacían. Si supiéramos
que cuanto más buscamos menos hallamos lo que anhelamos, nuestra vida
sería otro cantar: supondría la posibilidad de empezar a crear bellas
melodías en sintonía con el latido del Universo. ¡Nos cuesta tanto
descansar en la quietud! Tanto movimiento y actividad que no nos permite
ver que es en la quietud desde donde podemos atisbar la transformación.
A través palabras de Lao Tzu en el Tao Te King se muestra esta idea:
Sin salir más allá de tu puerta, puedes conocer los asuntos del mundo.
Sin asomarte a través de la ventana, puede ver al Tao Primordial.
No es necesario viajar más lejos para conocer más.
Así pues, el Sabio conoce sin viajar, ve sin mirar, y logra sin actuar.
No es lo mismo un cambio que una transformación y, no todos los cambios implican que haya una transformación.
Resulta, pues, necesario distinguir entre cambio y transformación. La
filosofía antigua arroja luz a esta distinción cuando concebía la
filosofía como una forma de vida, que se alejaba de un
conocimiento meramente intelectual, para dar lugar a una “sabiduría” que
comprometía a la existencia entera y permitía vivir al hombre en unidad
con el cosmos. A diferencia de los cambios que son temporales, la
transformación, pues, abarca todo el ser. No se limita a alterar el
orden de las cosas para conseguir un resultado, o en el que sustituimos
una cosa por otra para adaptamos a una nueva situación. En la
transformación el cambio emerge desde de nuestro interior, socava
lo más profundo y va a la raíz de mi visión de la realidad:
comprendiendo cómo y desde dónde vivo emerge una mirada nueva que
impulsa la creación de un nuevo sentido. Por ejemplo, tenemos el caso de
una persona que se encuentra insatisfecha, hastiada y desmotivada con
su trabajo. Decide cambiar de lugar suponiendo que un cambio de
compañeros y de lugar podría suponer una solución. Pero, por qué no se
plantea, qué es lo que necesita de verdad, si ese trabajo está
expresando lo mejor de sí mismo, si se están movilizando sus mejores
cualidades, si se corresponde con lo que da sentido a su vida y, por
tanto, va en sintonía con la alegría (en términos de Spinoza)
y la plenitud. Los estoicos, sabían mucho de todo esto, y sabían cómo
dotarnos de la mejor versión de nosotros mismos. Los cambios
transformadores se producen cuando prestamos atención a lo que depende
de nosotros y, además, vivimos en confluencia con la realidad, aceptando
que no podemos tener control sobre lo que acontece. Una filosofía que
orientaba sus prácticas hacia una mayor consecución de libertad
interior.
El verdadero cambio que nos transforma es el que
surge de lo más genuino y profundo de nosotros mismos. Esto supone una
indagación introspectiva que favorece la consecución de una mejor
comprensión de la realidad, a través de la búsqueda de la verdad, en la
que se cuestionan las interpretaciones que distorsionan nuestra mirada
y, que permite “vivirnos” desde quienes ya somos. Los
cambios no se producen sin una entrega a la realidad tal como es. Se
trata, pues de mirar lo que está pasando, sin negarlo o rechazarlo. Es
estar presente sin establecer juicios que provengan de expectativas,
exigencias o de ideales. La entrega se traduce en una confianza
incondicional en la realidad y, por tanto, en una ausencia de conflicto
entre el yo y la realidad. Y, a eso no se llega desde un empeño o un
querer del intelecto. Estamos muy lejos, pues, de posiciones
voluntaristas, de un esfuerzo para ser mejores o cambiar, sino ante una
invitación para emprender la experiencia de la unidad. Como dice Jäger Willigis en su obra “Sobre el amor”:
En la senda espiritual, la ética surge en la persona
no de buenos propósitos y de apelaciones a la voluntad, sino de la
experiencia de la unidad. La persona se transformará hasta en lo más
profundo de su ser. Esto trae consigo una transformación de la
conciencia y de una visión del mundo que supera el estrecho círculo del
yo. La persona abandona su egocentrismo e individualismo, y se
experimenta como parte de un gran todo.
El cambio transformador se da, por tanto, cuando
rompemos con esa inercia a vivir separadamente del mundo. Y, esto no
puede darse si estamos atrapados en el tiempo psicológico-egótico o en
el cronológico. La transformación se da en un presente atemporal. Krishnamurti en su obra “Vivir de instante en instante” lo expresa a través de estas palabras:
El hombre que confía en el tiempo como medio por el
cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se
engaña a sí mismo; vive en la ignorancia y, por lo tanto, en conflicto.
Pero el que ve que el tiempo no es la salida de nuestras dificultades, y
por lo tanto está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene
la intención de comprender; su mente, por consiguiente, está serena
espontáneamente, sin compulsión, sin prácticas. Cuando la mente está
serena, tranquila, sin buscar respuesta ni solución alguna, sin resistir
ni esquivar, sólo entonces puede haber regeneración, porque entonces la
mente es capaz de captar lo que es verdadero; y es la verdad lo que
libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.
Siguiendo esta idea, es evidente que ha sido bastante
recurrente en Occidente la búsqueda de cambios como sinónimo de
progreso, haciendo un uso -más que cuestionable y harto criticado- de la
razón instrumental. La voluntad aquí se halla sometida a una creencia
de que el cambio es sinónimo de progreso, entendido como un ideal que
nos proporcionará la felicidad en el futuro. Un ideal que está
fundamentado en una deficiente comprensión radical de la realidad,
puesto que la felicidad se da cuando vivimos en confluencia con el
sentido de la Vida, del Logos, el Tao, el brahman… Volviendo de nuevo a Jäger Willigis: afirma que el verdadero progreso es el origen y, por tanto, el regreso.
Para explicar esta idea la relaciona con la parábola del hijo pródigo
que, según sus palabras, “ilustra magistralmente la historia de nuestra
transformación”. Al igual que el hijo pródigo, quien simboliza el ego
que actúa de forma narcisista, hemos abandonado la casa del padre, quien
simboliza la esencia de nuestro ser, nuestra patria. En consecuencia,
hemos olvidado quiénes somos en realidad. Esto, evidentemente nos
produce dolor que resulta de la consecuencia natural de la separación de
nuestra verdadera esencia. Siguiendo las palabras del autor dice lo
siguiente:
Parece que debemos atravesar primero por la
separación, el dolor y la necesidad, antes de estar preparados para
regresar a nuestra verdadera patria. Con frecuencia es el dolor, el
fracaso, lo que nos hace recobrar la conciencia y lo que nos recuerda
nuestra meta verdadera. En la historia se trata de la casa del padre,
queriendo señalar con ello nuestra esencia verdadera, el regreso a la
unidad con el fundamento primordial de la vida.
La transformación implica, pues, descubrimiento. Parafraseando las célebres palabras de Proust: «El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos«.
Una mirada que es equivalente a estar atentos y, que no es otra cosa,
que tener cuidado de nosotros mismos y, por tanto, del mundo. En esa
mirada lúcida y penetrante está el germen de la transformación, que se
sitúa en las antípodas de esos cambios que circulan en los mercados perecederos del Ser.
A diferencia de lo que se enseña en las facultades de Filosofía, para
llegar a la transformación no se requieren grandes dosis de erudición,
pensamiento ni grandes dotes argumentativas, sino una mirada desnuda y
limpia que despoja al mundo de filtros, retoques y capas de maquillaje.
Desde allí, entregados en la quietud del silencio, paradójicamente, no
nos encontramos solos sino reconciliados con la vida y con el mundo
porque estamos de nuevo en casa. Por último, estas palabras de Nisagadartta en su obra Yo soy eso:
Siéntase perdido! Mientras se sienta competente y seguro, la realidad está más allá de su alcance.
A menos que acepte la aventura interior como modo de vida, el descubrimiento no llegará a usted.
Olvide sus experiencias pasadas y sus logros, quédese
desnudo, expuesto a los vientos y lluvias de la vida y tendrá una
oportunidad.
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