Mostrando entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de julio de 2021

Sobre el autoconocimiento

 

Mi nuevo artículo en la revista homonosapiens: Sobre el autoconocimiento


 

Oímos hablar frecuentemente sobre el autoconocimiento, de su importancia y de la multitud de virtudes que puede aportar a las personas que llevan a cabo un trabajo de estas características. Pero, ¿qué es el autoconocimiento? En la actualidad se aborda desde diferentes disciplinas, enfoques y metodologías, lo que lleva a una concepción del trabajo de autoconocimiento muy amplia y difusa. En este artículo, lo abordaremos desde un contexto filosófico, y en particular, desde la Filosofía sapiencial.

Antes que nada, me parece necesario desvincular el autoconocimiento filosófico de un tipo de autoconocimiento que se ha popularizado mucho en estas últimas décadas, en el que opera una instrumentalización de este conocimiento para conseguir bienestar y paliar el sufrimiento. Estos objetivos, aun siendo del todo legítimos, se hallan muy alejados de lo que es el autoconocimiento filosófico. Este tipo de autoconocimiento se «vende muy bien» bajo la promesa de resultados rápidos y eficaces, todo ello sazonado con la idea de que la felicidad se puede adquirir bajo el dictamen de nuestra propia voluntad, ocasionando en la mayoría de ocasiones sentimientos de culpabilidad cuando no nos sentimos felices.  Una propuesta, por tanto, impositiva y autoritaria, que va en consonancia con la obligación de ser feliz, lo que algunos han llamado happycracia, término acuñado por Edgar Cabanas y Eva Illouz en un ensayo que lleva por título dicha palabra. Así dicen:

«Ahora la felicidad se considera como un conjunto de estados psicológicos que pueden gestionarse mediante la voluntad; como el resultado de controlar nuestra fuerza interior y nuestro auténtico yo; como el único objetivo que hace que la vida sea digna de ser vivida; como el baremo con el que debemos medir el valor de nuestra biografía, nuestros éxitos y fracasos, la magnitud de nuestro desarrollo psíquico y emocional. Más importante aún, la felicidad ha llegado a establecerse como elemento central en la definición de lo que es y debe ser un buen ciudadano».

Después de esta matización, volvamos a la pregunta enunciada anteriormente: ¿qué es el autoconocimiento filosófico?  Esta cuestión la abordaremos haciendo referencia a un concepto fundamental: la identidad esencial, que nos puede permitir ciertos atisbos -no pretendo ser exhaustiva- de lo que es el autoconocimiento filosófico. Partimos de la premisa de que queremos alcanzar un conocimiento, no de cómo somos sino de quiénes somos. En la historia de la filosofía se remite al autoconocimiento en estos términos, desde los mismos presocráticos y, de forma explícita, en Sócrates. Platón lo expresa en su obra Alcibíades, en boca de Sócrates en diálogo con Alcibíades, un joven que aspira a la política. Trata de recordarle que, antes de ser gobernante, su primera tarea como hombre es gobernarse a sí mismo, y no lo conseguirá si antes no se conoce a sí mismo. A partir de aquí y a través del bellísimo símil de la vista explicará el significado de la sentencia del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». En este texto, cuando se habla de visión está hablando de visión interior, y el autoconocimiento se entiende como “mírate a ti mismo”. Y mirarse a uno mismo no es “mirarse el ombligo” sino mirar lo que nos constituye esencialmente como seres humanos, que es aquello que gobierna en nosotros y fundamenta nuestra singularidad. Y aquello que gobierna en nosotros también es común en todos los seres humanos, por lo que podemos “mirarnos” a través del otro desde ese lugar común, no desde cualquier lugar. En el símil de la visión, la pupila hace de espejo para la mirada del otro y, por tanto, el ojo se conoce a sí mismo al reflejarse en la pupila del otro. En sus propias palabras: 

«¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se refleja en la mirada del que está enfrente, como en un espejo, en la que llamamos pupila, como una imagen del que mira…? Entonces, mi querido Alcibíades, si el alma intenta conocerse a sí misma ha de mirar a un alma, y sobre todo, a la parte de ella donde reside su excelencia, la sabiduría o algo parecido».

En esta interioridad compartida podemos reconocer a la divinidad: el conocimiento de sí. Según Platón, el trabajo de autoconocimiento, se da mediante una proyección hacia el otro, es decir, a través de otra persona que abre un espacio apropiado de comprensión espiritual en el que puede reflejarse la individualidad de nuestro propio ser. 

Si trasladamos todo esto a un lenguaje más coloquial y orientado a nuestra vida cotidiana, entendemos que la identidad profunda y esencial del ser humano no se reduce, pues, a nuestros pensamientos, emociones y acciones sino a algo más originario que fundamenta y origina estos mismos pensamientos, emociones y acciones. En el trabajo de autoconocimiento lo que buscamos es “vivirnos” desde ese lugar que nos trasciende y se manifiesta en nosotros. Para clarificar esta idea, pongamos un ejemplo, si yo busco un autoconocimiento psicológico, me quedaré en una indagación en la que mi identidad se identifica con la fluctuación de mis emociones y de pensamientos. Si estoy triste me identifico con la idea de ser una persona triste o depresiva, pero esto no es del todo así, porque estos estados no permanecen y no pueden decir mucho acerca de quién soy realmente. Lo mismo pasa con mis pensamientos: el que piense que soy torpe, no quiere decir que sea torpe, sino que me vivo como un ser torpe porque me he identificado con el pensamiento de que soy torpe. Tampoco, en el mismo sentido, soy lo que hago. Sin embargo, ¿quién soy sino soy ni mis pensamientos, ni mis acciones, ni tampoco mis emociones? Pues, ese alguien que es, y que no deja de ser, pese a que, en algunas ocasiones, se enfade, se muestra perezoso, torpe, poco sensible o se sienta poco inteligente, porque como he dicho, esos estados fluctúan y no nos definen esencialmente como personas. Y lo que queda, aunque se quede atascado en múltiples recovecos, es un ser que anhela desenvolverse hacia su propia plenitud.

El autoconocimiento desde el Enfoque sapiencial es una invitación a “vivirnos” desde el ámbito del ser. ¿Cómo se hace este trabajo? Partiendo de ver quiénes no somos, de sumergirnos bajo esas capas en las que asumimos erróneamente que nuestros pensamientos, emociones y acciones son los que constituyen nuestra identidad. Tapan nuestra identidad real, ese lugar del que Platón nos hablaba en boca de Sócrates, que es el alma, entendida como sabiduría y camino de virtud. No se trata, pues de pensar sobre la tristeza que siento, haciendo un análisis o haciendo un discurso teórico de ella, ni tampoco de identificarse con la tristeza que siento como un ser triste, sino de sentir la tristeza que siento.  Sentir que siento tristeza no es lo mismo que sentirme triste. En ese sentir que siento abro un espacio en el que me hago consciente de mi propio sentir, desde dónde y cómo me relaciono con lo que siento. Sentir que siento tristeza me permite ver lo que me digo y lo que me cuento y ver las reacciones de esos juicios que enmarañan un sentir más profundo y genuino. Me hace estar atento y no tan abducido por los deseos, temores, necesidades, expectativas y miedos a los que me aferro. Me permite gobernar lo que va sucediendo porque estar consciente de mi sentir me permite focalizar en lo que sí puedo cambiar, afrontar y comprender y, al mismo tiempo, aceptar lo que no puedo cambiar ni controlar.

En relación íntima con la identidad esencial está, por tanto, nuestra sabiduría interior porque la verdad, lo auténtico, lo más real, está en el interior de las personas. En el autoconocimiento no nos basamos en un anhelo o amor a la sabiduría que proceda de fuentes externas a nosotros mismos, ni buscamos maestros que suplan o ninguneen la inteligencia intrínseca de cada uno. Platón liga esta idea con el concepto de reminiscencia. En el Menón, Sócrates defiende que “conocer es recordar” y que el conocimiento implica un “reconocimiento”, es decir, un recuerdo de las Ideas que el alma conoció antes de encarnarse en un cuerpo. Aquí en este punto converge la idea de la inmortalidad del alma con la de recordar quienes somos. La sabiduría, por tanto, no es un estado nuevo, algo que tengamos que incorporar desde el exterior, sino es el redescubrimiento de nuestra propia naturaleza. Se trata de apartar el velo que oculta nuestro propio ser. Un velo que se difumina cuando vemos claramente lo que tapa y obstaculiza nuestro propio desenvolvimiento como personas.  No es una eliminación sin más, sino un mirar que permite ver el ser sin veladuras. 

El autoconocimiento, entonces, es recordar lo que somos y hemos olvidado porque nos hemos aferrado a lo que creemos ser. Despertar el recuerdo en nosotros de quienes somos a través de la práctica de mirar hacia nosotros mismos -esa parte en la que podemos ser amos de nuestra vida- y de contemplar a través de nuestra experiencia lo que subyace más allá de ella. A partir de nuestras inquietudes, temores y preocupaciones se halla el anhelo de un ser que quiere ser más real, auténtico y pleno. No quedarnos, en definitiva, en la superficie sino desde allí sumergirnos en el fondo del océano que palpita en nuestro ser. Plotino, con la «simplicidad de su mirada» (Pierre Hadot) nos deja con estas bellas palabras que ilustran magistralmente esta idea:

«Regresa a ti mismo y mira: si aún no te ves bello, haz como el escultor de una estatua que ha de salirse hermosa: quita, raspa, pule y limpia hasta que hace aparecer un bello rostro en la estatua. También tú, quita todo o que sea superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso, limpia todo lo que esté oscuro, abrillántala y no ceses de “esculpir” tu propia «estatua» hasta que resplandezca en ti el divino esplendor de la virtud, hasta que veas «la Sabiduría en pie sobre su sagrado pedestal» ¿Has llegado a esto? ¿Has visto esto?…[…] Si ves que te has convertido en esto, convirtiéndose tú mismo en una visión al adquirir confianza en ti mismo y ascender hacia lo alto, al tiempo que permaneces en este mundo, sin necesidad ya de quien te guíe, entonces, ¡fija inmensamente los ojos y mira!».

 

domingo, 9 de febrero de 2020

Sobre las buenas preguntas

 Sobre las buenas preguntas

Mi nuevo artículo en la revista Homonosapiens que trata sobre la importancia de hacer buenas preguntas que nos llevan a penetrar en la realidad de las cosas y, también, sobre las respuestas que vienen de una escucha atenta y cuidadosa. Es el siguiente:

Actualmente, la mayoría de las personas tienden, de forma generalizada, a ver el mundo desde una mirada resolutiva, buscando soluciones rápidas y fáciles a todo lo que les preocupa, molesta o intimida, preocupados más por resolver que por comprender, indagar y clarificar sus propias concepciones del mundo. Se da, por tanto, una mirada a la vez utilitarista e instrumentalizadora que se dirige a la consecución de buenos resultados en sus acciones, pensamientos y palabras. En este trasiego de miradas que rozan la superficie de la vida, las personas se atiborran de premios, elogios y likes. Esto da lugar a que nuestra identidad se diluya en un baile de máscaras, dirigido por un público que no resulta en absoluto neutral, pues infantiliza y ningunea el criterio propio. ¡Qué lejos estamos así de gozar del presente de forma incondicional, de descansar en el lugar dónde podamos saborear los matices, contemplar los detalles y deleitarnos con la contemplación de  lo simple!
Evidentemente, con ello no quiero negar la importancia de una mirada utilitaria y resolutiva hacia los problemas que se plantean a diario en nuestras vidas, y que resulta imprescindible para gestionar nuestra vida diaria.  Sin embargo, se dan algunos problemas de índole existencial y vital que no quedan resueltos de esta forma. Por ejemplo, por mucho que quiera solucionar un problema de insatisfacción en el trabajo, no lo podré hacer si no me detengo a preguntarme qué es lo que está pasando. Imagínate que este malestar proviene de mi temor a mostrarme tal como soy o que mi valía reside en la valoración y reconocimiento de otros.  Me pueden dar pautas y recomendaciones para que no piense, me relaje o me resigne, incluso para que abandone este trabajo. Pero, probablemente, emergerá de nuevo esa desconexión con mi valía incondicional y propia, cayendo así en una dinámica en bucle, con situaciones que de forma sospechosa convergen en un “ay, siempre me pasa lo mismo…”
En filosofía, la vía propuesta para mirar el mundo es el que se corresponde a una mirada que deviene contemplativa -no discursiva, ni resolutiva, ni enjuiciadora, ni analítica- para permitirnos ver lo que nos cuesta o no queremos ver. Uno de los elementos claves que nos posibilita alcanzar más toma de conciencia sobre la realidad es el arte de hacerse “buenas preguntas”. Con la pregunta, nos situamos en un lado o en otro desde donde mirarnos, contemplar el mundo y a los demás. Estás decidiendo, de alguna manera, cómo vivir tu vida. En palabras de Heidegger:
Filosofar consiste en preguntar por lo extraordinario… y no sólo es extraordinario aquello que se pregunta, sino el preguntar mismo… Todo preguntar es un buscar. Todo buscar tiene su dirección previa que le viene de lo buscado… El preguntar tiene, en cuanto preguntar por… aquello que se pregunta. Todo preguntar por es en algún modo preguntar a…
Es importante distinguir, por tanto, entre preguntas “no muy buenas” que nos dejan indiferentes y, otras, en cambio, que nos conmueven profundamente porque abren nuevas vías para desdibujar los contornos que nos mantienen prisioneros. Si estás atento acerca de qué te preguntas, ante una situación de desasosiego, apatía vital, incertidumbre o confusión, podrás comprender mejor cuáles son tus límites para comprender el mundo. Por ejemplo, si te preguntas cómo solucionarlo, vas a enfocarte hacia el resultado, evitando una mirada que se sumerja de forma profunda en la realidad. Si te preguntas la razón por la que el mundo está confabulado contra ti, vas a contemplar la realidad desde una mirada de víctima. Si te preguntas por qué siempre lo haces todo mal, estás viendo el mundo desde una perspectiva impregnada de frustración, en la que el culpable eres tú.
Hacer buenas preguntas requiere tener una mirada penetrante y lúcida que respete en esencia lo que la filosofía es: amor al conocimiento. La búsqueda de la verdad es el horizonte en el que se mueven las buenas preguntas, para que el interlocutor vaya desde la superficie hacía lo más hondo de su ser.  Se necesita también, estar atento a lo que no acaba de cuadrar, que puede ser sospechoso y que nos lleva a tirar del hilo, para “verlo” mejor. También se necesita querer ver. Aceptar, también, que no hay respuestas exactas, sino comprensiones que nos llevan a adquirir mayor conciencia de la realidad. Nadie mejor que Sócrates para guiarnos en el arte de hacer buenas preguntas a través del diálogo.  Con las cuestiones que lanzaba a sus interlocutores aspiraba a que ellos mismos “diesen a luz”  nuevas comprensiones, sin imponerles cómo habían de pensar o de vivir. Este método se conoce como el arte mayéutica. Platón en el Teeteto hace referencia al método socrático con estas palabras:
Mi arte mayéutica tiene las mismas características que el arte [de las comadronas]. Pero difiere de él en que hace parir a los hombres y no a las mujeres, y en que vigila las almas, y no los cuerpos, en su trabajo de parto. Lo mejor del arte que practico es, sin embargo, que permite saber si lo que engendra la reflexión del joven es una apariencia engañosa o un fruto verdadero.
Por último, en la  filosofía, se ha solido dar más relevancia a la pregunta que a la respuesta. Es evidente, tal como hemos dicho anteriormente, que las buenas preguntas marcan un territorio nuevo a explorar, en el que puedan brotar nuevas comprensiones. Es esa pregunta, que trastoca nuestro interior, la que nos permite entrever un amplio horizonte de nuevos sentidos. Esa pregunta siempre nos aturde y nos vuelve de nuevo una y otra vez. No nos deja tranquilos porque nos está avisando de que  hay algo que necesita ser visto y trascendido. Sin embargo, también podemos hablar en el ámbito filosófico de respuestas cuando las entendemos en este sentido apuntado anteriormente, es decir, como una nueva comprensión que nos acerca a la verdad. La respuesta no la vamos a alcanzar a través del pensamiento, sino a través de la vinculación con ciertas experiencias -un estado de ser-  que nos transforma.
La respuesta, más que buscarla, nos llega, cuando estamos presentes y escuchamos. Supone, por tanto, también dirigir nuestra atención a  lo que moviliza la pregunta en nuestro interior y “escuchar” la respuesta. Según Mónica Cavallé en El arte de ser:
Si se nos hace una pregunta de cierto alcance, solemos creer que, para responder adecuadamente, tenemos que analizar antes lo que vamos a responder y controlar de algún modo nuestra respuesta. Pero lo cierto es que, simplemente estando presentes y escuchando, la respuesta se alumbra sin necesidad de empujarla, controlarla o manipularla. Dirigimos la atención, pero, acudiendo a la expresión oriental, «no empujamos el río». Y dirigir la atención es escuchar. Si escuchamos bien, estando presentes en nuestra escucha, la respuesta surgirá por sí misma. Más genéricamente, cuando en nuestra vida escuchamos la realidad, la situación global en la que nos hallamos, nuestra propia interioridad, a las personas, etcétera, las respuestas adecuadas –palabras y acciones– surgirán; y si alguna de estas acciones requiere esfuerzo y disciplina, el esfuerzo y la disciplina también surgirán.

domingo, 26 de mayo de 2019

Sobre la belleza

 Sobre la belleza


Un artículo nuevo en la revista Homonosapiens que trata sobre la desvirtuación del concepto de  belleza en la actualidad. Peropone la vía contemplativa como antídoto para acceder a la visión de la belleza. En enlace original está aquí. El texto es el siguiente:

 Theodor Adorno inicia su obra la Teoría Estética de este modo: “Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”. A partir de sus palabras -aunque hayan pasado 50 años desde su publicación- se puede poner en contexto el concepto de belleza en la actualidad. Es cierto que la belleza, siguiendo la crítica de Adorno al arte, se ha visto desvirtuada -no tan sólo en el ámbito artístico- por parámetros capitalistas, perdiendo su autonomía para convertirse en mercancía y, también resulta evidente, que su propia rentabilidad pone en peligro hasta su propia existencia. Además, la experiencia y el anhelo de contemplar la belleza en sí misma también se ha visto alterada -por no decir que está en peligro de extinción-, puesto que se hace menos frecuente aquella experiencia a través de la cual entramos en contacto con una dimensión esencial y profunda de nuestro ser. La belleza, por tanto, en muchos casos, ha dejado de ser bella porque sigue una finalidad, sea la de producir dinero o la de complacer a otros, no por quienes somos sino más bien por lo que deberíamos ser. Esto viene determinado en muchas ocasiones por las empresas y el mercado. Nos volvemos con ello heterónomos, es decir dependientes de una marca y de una imagen, que no son más que un débil reflejo, una imagen esperpéntica de la belleza -de la no belleza-, que nos convierte en esclavos de apariencias que nos alejan de nuestra identidad.
En esta idea de belleza vacía de belleza -que es superficial, estéril y heterónoma- devenimos sujetos pasivos, faltos de libertad y poco creativos. Buscamos con ansiedad poseer y retener la belleza a golpe de talonario, sin comprender que ya somos belleza esencialmente. No hay nada más ilusorio que pensar que podemos comprar la belleza, cuando lo que en realidad nos sucede es que estamos atados de manos y pies, en una caverna al modo platónico, sin poder ver que la auténtica belleza reside en nosotros mismos. De este modo, vivimos en continua guerra contra el tiempo porque no queremos que se desvanezca la belleza de nuestra juventud, ni que se marchiten las flores de nuestro jarrón, cuando es precisamente en ese transcurrir del tiempo donde se halla el misterio de la existencia y su belleza. La auténtica belleza es atemporal y, en su misma contemplación vivimos en el instante esa experiencia sublime de que podemos existir más allá de la temporalidad: tenemos la impresión de que el mundo se ha detenido y de que se ha borrado toda separación entre yo y el mundo.
Frente a una belleza enlatada y producida en serie, la filosofía reivindica la experiencia contemplativa de la belleza, que remite a una experiencia del SER, que resulta ser transformadora porque nos abre al mundo desde un sentir que emerge de nuestra interioridad más profunda y radical. Supone, pues, un antídoto y un acto revolucionario porque implica una pausa o una acción de detenerse ante la aceleración del tiempo que no para de correr. La contemplación nos lleva a otro lugar porque nos conecta con lo que ya somos: la belleza de nuestro ser es la belleza que hace bellas a las cosas bellas. Pero, veamos, un poco más en detalle lo que se entiende por contemplación. El término contemplación proviene del vocablo latino contemplatio, que deriva de contemplum, una plataforma situada delante de los templos paganos, desde la cual los servidores del culto escrutaban el firmamento para conocer los designios de los dioses. De contemplum procede asimismo el término latino contemplari: «mirar lejos» y fue utilizado en la antigüedad para traducir la palabra griega theoría, «contemplación». Contemplar es, pues, una experiencia del Ser que implica una mirada atenta, profunda y detenida sin juicio. Mónica Cavallé nos clarifica esta idea a través de las siguientes palabras: “La contemplación era, además, un conocimiento experiencial: conocer el Ser era ser el Ser. Contemplar era tornarse uno con lo contemplado”. En el tema que nos ocupa, la contemplación de la belleza es una experiencia que aspira a la “visión” y el contacto con la belleza, una vivencia en la que subyace una capacidad para ser conmovidos y afectados y, que posibilita una modificación de nivel de conciencia y de transformación. Cabe subrayar que esta concepción de vida contemplativa queda paulatinamente relegada por una concepción de la filosofía entendida como discurso teórico fruto de una actividad estrictamente intelectual. Hecho que comporta un empobrecimiento y alejamiento de la experiencia de ser belleza porque es absolutamente vano intentarlo desde una serie de teorías o discursos, ni tampoco desde los distintos estándares fabricados que la sociedad de consumo nos ofrece. En sus palabras, en El arte de Ser, Mónica Cavallé lo expresa de la siguiente manera:
“De modo que, si bien la cultura dota en cierta medida de contenido a estas nociones, no es la cultura la que crea en nosotros la aspiración al bien, a la belleza o la verdad, ni la capacidad de conmovernos ante un acto bueno, ante una realidad bella, ante la congruencia inapelable de la verdad. Paradójicamente, al tratarse de una luz que es siempre más originaria que cualquier contenido de conciencia particular, es un criterio que no se puede aferrar, compendiarse en una serie de juicios. Lo que nos pone directamente en contacto con la dimensión más profunda y significativa de lo real no son los procesos ni los contenidos mentales, tampoco las emociones (que son ecos de los movimientos mentales), sino un sentir que es algo así como el tacto, el gusto o la vista de lo profundo en nosotros”.
En este sentido también encontramos en Byung-Chul Han en su obra Filosofía del budismo Zen, en el capítulo donde trata el concepto de vacío en el budismo encontramos una referencia sugerente de lo que es la contemplación:
«El vacío “vacía” al que mira en lo mirado. Se ejercita un ver que en cierto modo es objetivo, que se hace objeto, un ver “amistoso” que deja ser. Hay que considerar el agua tal como el agua ve agua”. Una contemplación perfecta se produciría por el hecho de quien contempla se hiciera “acuoso”.
También dice:
“El asno ve en las fuentes y las fuentes ven el asno. El pájaro mira la flor y la flor mira al pájaro. Todo esto es la “concentración en el despertar”. La esencia ejerce su fuera esenciante en todo lo presente, y todo ser presente aparece en la esencia una”.
En otra parte del libro expresa:
“Contemplar el paisaje de modo exhaustivo significa hundirse en él apartando la mirada de sí mismo. El que contempla no tiene aquí el paisaje como un objeto que está frente a él. Más bien, el contemplativo se funde con el objeto”.
En esta idea de tornarse uno con lo contemplado y de fundirse con el objeto, subyace la idea de que la belleza que reside en todos los cuerpos es una e idéntica. Aquí en este punto resulta necesario hacer una referencia a Platón, cuando expresa de forma magistral el camino para llegar a la visión de la belleza. Su definición de belleza radica en mostrar que la belleza es el resplandor de la idea en la cosa. Es «presencia», aparecer de la presencia misma de la idea en la cosa misma. Las cosas son bellas porque nos transportan fuera de lo inmediato y material, a través de ese resplandor de la idea en lo material. A través de ese impulso de deseo de lo bello (Eros) ascendemos desde las cosas materiales hasta la idea misma de belleza, por lo que se hace visible a los ojos del alma. En su obra El Banquete muestra esta idea:
“En efecto, si es preciso buscar la belleza en general, sería una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos, es una e idéntica. Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno sólo. […] Siguiendo así, se verá necesariamente conducido a contemplar la belleza que se encuentra en las acciones de los hombres y en las leyes, a ver que esta belleza por todas partes es idéntica a sí misma, y hacer por consiguiente poco caso de la belleza corporal. De las acciones de los hombres deberá pasar a las ciencias para contemplar en ellas la belleza; y entonces, teniendo una idea más amplia de lo bello, no se verá encadenado como un esclavo en el estrecho amor de la belleza de un joven, de un hombre o de una sola acción, sino que lanzado en el océano de la belleza, y extendiendo sus miradas sobre este espectáculo, producirá con inagotable fecundidad los discursos y pensamientos más grandes de la filosofía, hasta que, asegurado y engrandecido su espíritu por esta sublime contemplación, sólo perciba una ciencia, la de lo bello. «
Para acabar, cabe decir que la contemplación se puede cultivar a través de la práctica. Es tan sólo a través de una experiencia que ejercitamos de forma continua cuando puede transformarse una mirada atrapada en la prisión egótica, a una mirada más lúcida, profunda y fecunda. Platón acaba de darnos algunas indicaciones de cómo, siguiendo el anhelo y amor que reside en nosotros mismos de aspiración de la belleza y, también, a través de la contemplación, podemos “engrandecer nuestro espíritu”, elevarnos hacia el pensamiento puro y amor de la belleza y la verdad. Añado, de la mano de Consuelo Martín, unas indicaciones, que en la línea de Platón, añaden un matiz, quizás más práctico y accesible para iniciarse en una vida contemplativa. Os dejo, pues, con sus palabras y con todo mi deseo de que puedan servir para este fin:
“La contemplación implica desdibujar y volver a dibujar de nuevo una realidad, que ya no busca fuera de nosotros lo que ya somos, sino que implica ser a la vez lo contemplado, que es lo que profundamente somos. Cuando reconoces la belleza en una flor sumérgete en la belleza misma. Desde el objeto donde la has reconocido por tu sensibilidad, gírate hacia la belleza misma y quédate en ese estado. Sólo queda esa hermosura que es el reflejo de lo divino en lo manifestado. El reflejo que te lleva al origen. Tú no eres alguien que añora la belleza de una flor. Eres belleza. Contempla esa belleza que eres. Contempla la perfección que añoras. No intentes atraparla. Sólo dedícate a contemplarla”.