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domingo, 2 de septiembre de 2018

Sobre el pensar y el sentir

  Sobre el pensar y el sentir

Mi nuevo artículo: Sobre el pensar y el sentir en la revista Homonosapiens.

Es bien sabido que a lo largo de la historia de la filosofía occidental se ha proporcionado una relevancia desproporcionada al pensamiento respecto a las emociones. Un planteamiento que supone, en la mayoría de ocasiones, un predominio del uso de la razón para la toma de decisiones en el ámbito del obrar, y en nuestra vida, desligado de nuestras emociones. Se ha presupuesto que nuestras emociones nos molestan, nos confunden e interfieren en nuestro propio discernimiento. Sin embargo, y éste es el tema a tratar, existe más que una íntima y necesaria relación entre pensar y sentir, que nos permite vislumbrar que forman parte de una unidad indisoluble a la hora de hablar de la vida buena, en términos de autenticidad, plenitud y de acuerdo con la verdad. El conocimiento no puede surgir de otra fuente que la de nuestro sentir más profundo. Y más bien, me atrevería a decir, que el verdadero conocimiento surge de sentir la vida. 
Empecemos, lo primero de todo, matizando qué es “pensar” y “sentir”, para ir desgranando y clarificando después la cuestión de base. Pensar deriva del latín pendeo (“pesar”, “calcular”, “colgar”). Se hace referencia con ello a una báscula mental para “pesar” nuestros argumentos y escoger el que tiene más peso. En consecuencia, pensar es una actividad racional y discursiva. En una acepción más general es cualquier actividad mental incluyendo desear, dudar, querer imaginar, que es la designada por Descartes con el término cogito. Por otra parte, sentir proviene del verbo sentire que se traduce como “percibir”, “discernir por los sentidos”, “escuchar”, que implica tanto la percepción sensible como el pensar. Desde la biología y la psicología se habla de emociones instintivas, naturales y físicas, necesarias para la supervivencia y, además, también de las emociones que son conformadas por nuestra mente y que operan en un ámbito físico y conductual. Sin embargo, estos términos necesitan ser completados, si queremos hablar de la relación existente entre el sentir y el pensar. La filosofía sapiencial señala un sentir vinculado al sentir profundo, que es un sentir que afecta completamente todo nuestro ser, frente a un sentir mediado por el pensamiento. Es decir, sentimos profundamente cuando nos abrimos a la vida tal como se nos presenta y, con ello, nos sumergimos en la totalidad del mundo. Esta idea está en consonancia con una concepción del hombre en la que se subraya la dimensión ontológica de la identidad última del ser humano. Los filósofos antiguos llamaban a esta dimensión nous (“espíritu”, “intelecto” o “conciencia pura”), que se caracterizaba por permitir al ser humano transcender su individualidad y ser Uno con el Todo. Me remito a una cita, que puede ser clarificadora, de Pierre Hadot en La filosofía como forma de vida:
“En términos generales, personalmente tendería a representarme la elección filosófica fundamental, es decir, el esfuerzo a la sabiduría, como una superación del yo parcial y personal, egocéntrico, egoísta, para alcanzar el nivel de un yo superior que ve todas las cosas desde la perspectiva de la universalidad y la totalidad, que toma conciencia de sí mismo como parte del cosmos, que abraza entonces la totalidad de las cosas”.
Los estoicos, desde esta concepción, establecieron una relación entre pensar y sentir, proponiendo una vía de discernimiento para reconocer nuestro auténtico sentir. Éste se constituye por sensaciones naturales como son por ejemplo el hambre y la sed y los sentimientos puros como son, entre muchos otros, la rabia y el dolor. Son reconocibles como tales porque expresan lo que sentimos de forma natural en una situación real y nos permiten alcanzar la serenidad (apatheia) y ser más lúcidos en situaciones adversas. Mientras que las pasiones –definidas como las perturbaciones del alma– son identificables porque generan un sufrimiento evitable. Son el producto de nuestra mente en la medida que creemos que nuestros juicios acerca de las cosas son reales. Epicteto dice:
“Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas”.
Por ejemplo, es una muestra de sentimiento puro el dolor natural inevitable que siento como ser humano ante el final de una relación sentimental, mientras que una pasión conlleva sufrimiento, esta vez evitable, en tanto que es generado por nosotros mismos cuando pensamos que no somos dignos de ser amados. En este segundo caso, el sufrimiento se basa en un juicio subjetivo erróneo –no en la realidad– que no me deja estar con claridad en el presente y, en consecuencia, me desconecta del dolor natural de pérdida, que es en realidad, lo que me permitiría atravesarlo. 
Es importante, por tanto, para poder relacionar íntimamente el pensar con el sentir, que sintamos la conexión con nuestro sentir profundo, porque si no, nuestro pensar adoptará un papel obstaculizador para alcanzar una vida buena. Ahora bien, ¿de qué forma nos desconectamos de nuestro sentir más profundo? Citaré algunos casos. Uno de ellos, es el miedo a sentir, el miedo a mostrarnos, basado en la desconfianza de nuestras propias capacidades. El miedo genera bloqueo, falta de avance de nuestro desarrollo como persona y nos habitúa a actuar desde ese miedo. No somos nosotros los que hablamos, sino nuestro miedo a ser juzgados, valorados o, bien, pasamos a ser la voz que se siente incapaz de gestionar otra vida. Otro caso es el de las personas que sustituyen su sentir por discursos ajenos a su propia vida extraídos de libros, documentos, conferencias, en suma, de lo que dicen otros. Resulta imposible que un discurso de este tipo pueda calar en nosotros cuando no sale de una experiencia que nos haya resonado muy profundamente. La sabiduría no puede concebirse desde otro punto de salida que nuestro sentir vital auténtico, que impregna todo nuestro ser. Un tercer caso es el de la racionalización, cuando pensamos para negar nuestro sentir. Muchas veces, nos damos cuenta de que estamos pensando demasiado, que estamos en un bucle infinito de pensamientos repetitivos. En lugar de entregarnos a la experiencia presente, nos sorprendemos con ese ruido mental, que nos impide disfrutar del paisaje por donde paseamos, de la conversación que mantenemos…, cuando examinamos los pros y contras, buscamos explicaciones, intentamos justificarlo o analizarlo todo. Se trata, en definitiva, de pensar para evitar sentir, sufrir, cuando es realmente no sentir lo que produce sufrimiento. Por último –aunque hay más estrategias para evitar el sentir profundo–, trataré del sentimentalismo, que identifica el sentir intenso como el auténtico sentir. Se buscan emociones intensas que tienden al desbordamiento emocional, y se perciben como inauténticas las que carecen de intensidad. Al contrario de lo que muchos piensan, no es que esa persona “sienta mucho” sino que piensa de forma inadecuada porque cree que sufrir le hace sentirse más potente y vivo. Se aleja de sentir de forma lúcida, responsable y autónoma, y se convierte en un sujeto pasivo a la búsqueda de elementos externos que den sentido a su existencia.
Ahora, llegados a este punto, podemos dilucidar mejor la relación entre el pensar y el sentir. Pensar es sentir profundamente en conexión con lo que soy realmente, en oposición a un discurso aislado de lo que sentimos. Se produce cuando me des-identifico de mis creencias limitadas y estoy realmente presente. Es decir, que para alcanzar una vida plena es inevitable cultivar la atención de nuestro sentir. Sentir por todos nuestros poros de la piel, el mundo, las personas, la vida misma, sin juzgar, analizar, proyectar, ni tampoco estar pendientes de las expectativas, y mucho menos, instalarnos en la búsqueda de resultados. Es dejar que las cosas se me presenten tal como son, es decir sin resistirnos a sentir la vida tal como es. No concibo el pensamiento filosófico –ni cualquier otro– si no surge de lo que sentimos honestamente en el presente. Cuando no caemos en la añoranza de las imágenes del pasado, cuando no generamos constantes proyecciones del futuro; en definitiva, cuando nos empeñamos en mantener vivas películas que solo alimentan la identificación con nuestras ideas y emociones, y refuerzan un ego que reprime mi sentir más auténtico. Por el contrario, así pues, si no partimos de ese sentir, deambulamos sin rumbo, sin sentido, por el mundo. De hecho, perdemos realidad como seres, dado que, cuanto menos sentimos auténticamente, menos reales somos.
Pensar, en definitiva, es un eco, es una prolongación de nuestro sentir más profundo. En palabras de Josep Mª Esquirol en La penúltima bondad, que define a lo seres humanos como seres sintientes que razonamos:
“El sentir es la base de la racionalidad y, por eso, quien no siente será “insensato,” es decir, no razonable”.
Es obvio que podemos pensar sobre la vida, pero no será más que un parloteo vacío y hueco, si no ha emergido desde un diálogo sentido en primera persona, en el que todo mi ser se haya puesto en juego. Y es desde aquí, cuando alcanzamos las cuotas más altas de lucidez, profundidad y objetividad en nuestro pensamiento. ¿Qué aspiración de verdad puede poseer mi pensamiento sobre el sentido de la vida, si no parto de cuál es el sentido que tiene la vida para mí, qué creencias, prejuicios, contradicciones son las que generan resistencia a vivir mi vida estando yo presente? Vivir es sentir que vivimos y no pensar que vivimos. Y este sentir no lo explicamos, sino que lo acogemos, cuidamos, le prestamos atención, y nos lleva a estar más despiertos, a emerger de las sombras de la caverna platónica y a transformar nuestra mirada. Una mirada que se amplía, se torna más honda, intuitiva y lúcida. Recojo, para acabar, esta misma idea a través de las palabras de Mónica Cavallé en El arte de ser:
“Pero el conocimiento al que nos invita la filosofía sapiencial es más amplio y profundo que el conocimiento que nos proporcionan nuestros juicios y argumentos, que las conclusiones que el pensamiento discursivo nos permite alcanzar. Hay un conocimiento que no equivale a poseer ideas y argumentos adecuados, sino al despertar de nuestra sensibilidad profunda: una sensibilidad que a su vez equivale a ser, un ser que es también un mirar”.
Leer más en HomoNoSapiens| Sobre la confusión y la claridad ¿Qué soy yo?

miércoles, 20 de enero de 2016

Temas por los que se va a la Consulta Filosófica



Los problemas más frecuentes por los que se acude a la Consulta Filosófica son los siguientes:     

         
-SENTIDO DE LA VIDA. Pérdida de sentido. Falta de motivación e ilusión para vivir. Disminución de entusiasmo vital.
- DILEMAS ÉTICOS Y INCERTIDUMBRE MORAL. Situaciones problemáticas que presentan un conflicto de valores. Sentimientos de confusión, dudas y de bloqueo a la hora de decidir algo importante
- DOLOR Y PÉRDIDA. Situaciones dolorosas producidas por la pérdida de alguien o algo importante en el entorno de la persona. Dificultad de aceptar o modificar algunas situaciones personales.
- RELACIONES INTERPERSONALES. Comprender las relaciones con los demás. Problemas de comunicación.

A lo largo de estos días me habéis preguntado sobre si algunos de vuestros pensamientos pueden ser examinados en una consulta filosófica. He seleccionado los que sí me han parecido que pueden ser objeto de reflexión y análisis filosófico. Los que presento a continuación son los que tienen relación, de alguna manera, con el tema del sentido de la vida. En muchas ocasiones, se ha insistido en la desorientación, la apatía y la falta de sentido vital.
- Mi vida no tiene sentido, no me sale nada bien, no sé para qué trabajo para qué estudio, no sé que hago.
- no encuentro satisfacción con lo que hago. No tengo ganas de hacer nada, o me cuesta mucho hacer cosas.
- Me falta entusiasmo, vitalidad y ganas de emprender nuevos retos.
-¿Cuál es mi lugar o función en la vida? No sé hacia dónde me dirijo y cuál es la dirección que debo seguir.
- Estoy atrapado en un callejón sin salida. La vida no me da nada bueno nunca, todo me sale mal.
-El tiempo pasa muy rápido y no lo aprovecho. Desaprovecho mi vida sin que haga nada útil.
-No sé qué modificar o cambiar en mi vida para darle sentido y vivir de forma más plena.
-Me cuesta aceptar la vida tal como es y siempre intento evadirme o huir.
-Quiero conocerme a mí mismo, cómo interpreto mi vida en el mundo.

lunes, 14 de julio de 2014

Epicuro para la vida cotidiana (3ª parte)



Epicuro (7) Los deseos. Si quieres hacer rico a Pitocles, no aumentes sus riquezas sino limita sus deseos.

El hombre sufre por dos motivos principales, por el miedo injustificado y por desear lo que no se debe o que no es necesario. Los deseos que no podemos satisfacer nos producen infelicidad. Piensa sobre algunos deseos que te generan infelicidad como tener un coche de última gama que no puedes adquirir, vivir en una casa que no puedas comprar, desear a alguien que no nos conviene…Estos deseos aunque son naturales se consideran innecesarios y según Epicuro hemos de controlarlos porque pueden hacernos perder el control de nosotros mismos. En cuanto a los deseos no naturales e innecesarios como el deseo de fama e inmortalidad hemos de rechazarlos, porque causan dolor y miseria cuando no pueden conseguirse. 

Hemos de poner límites a nuestros deseos para conseguir la felicidad. La paz del alma se consigue cuando satisfacemos nuestros deseos naturales y no necesitamos nada para completar nuestro bienestar. Los deseos naturales son los que una vez satisfechos proporcionan salud al cuerpo y serenidad al espíritu. Comer y beber cuando se tiene sed y hambre así como la amistad entran dentro de este tipo de deseos.

La mayoría de los hombres se pasa la vida afanándose en alcanzar la riqueza, la fama y placeres que nos generan dependencia. ¿Hasta cuándo vamos a dejar para otro día el ocuparnos de nosotros mismos?





Epicuro (8) La autosuficiencia es la mayor de todas las riquezas.

Nuestra libertad reside en ser autosuficientes, es decir, en reducir al máximo nuestra dependencia del exterior y no depositar en nada exterior a mi, ya sea un bien o una persona, la fuente de mi felicidad.  Para este filósofo  la sociedad es una fábrica de necesidades artificiales de las que somos dependientes. Reivindica el papel del conocimiento para liberarnos de las dependencias, ser indiferentes a los falsos productos que nos venden como generadores de bienestar y vivir conforme a lo que es natural.

“Ningún insensato, en efecto, se contenta con lo que tiene, sino que más bien se atormenta por lo que no tiene. Pues así como todos lo que tienen fiebre, por la malignidad de la enfermedad, siempre están sedientos y desean las cosas más perjudiciales, así también los que su alma tienen en mal estado sienten siempre que todo les falta y se precipitan por su avidez en los más diversos deseos”.





Epicuro (9) No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros amigos cuanto de la confianza en esa ayuda.

El papel que tiene la amistad en la consecución de la felicidad es esencial. Un buen amigo nos puede hacer la vida más placentera, digna de ser vivida y más humana. Epicuro propone una comunidad universal cuyos miembros sean verdaderos amigos y estén por encima de prejuicios sociales, culturales o de género. Los extranjeros, esclavos y mujeres eran bien aceptados en el Jardín de Epicuro.  La honestidad y la franqueza, el valor de decir la verdad suponían elementos claves para desarrollar buenas relaciones amistosas y suponen una alternativa de las ciudades “políticas”. Únicamente la verdad sobre lo que somos puede ayudarnos a conquistar la felicidad.

"La amistad danza en torno a la tierra y, como un heraldo, anuncia a todos nosotros que despertemos para la felicidad"