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martes, 27 de julio de 2021

 

Un nuevo artículo que trata Sobre la responsabilidad en la revista homonosapiens: 

Sin responsabilidad resulta imposible tomar las riendas de nuestra vida y, de hecho, constituye la falta de ella uno de los mayores obstáculos para llegar a dueños y señores de lo que pensamos, hacemos y decimos. Obviamente, muchos de nuestros pensamientos, acciones y palabras se escapan a nuestro control porque se dan de forma mecánica e inconsciente. Pero, aunque en muchas ocasiones se nos «cuelan» algunos juicios, palabras y acciones que no hemos decidido por nosotros mismos, esto no significa que no seamos libres, ya que podemos hacernos conscientes, en mayor o menor medida, de lo que nos determina y adoptar una actitud hacia ello. Aquí es dónde radicaría nuestra identidad última, en cuanto ya no estamos en una posición de control, gestión o dominio de lo que pasa en nuestro interior y fuera de nosotros, sino en una posición de ver más claramente todo lo que sucede. 

No se trata, por tanto, de entender la responsabilidad como «un hacer lo que uno quiera» sino de «querer que pase lo que me acontece«. La libertad, desde esta concepción no contempla si lo que nos pasa está determinado, ni tampoco si tenemos más o menos libertad externa: ¿Cuántas veces nos hemos sentido prisioneros de unas circunstancias que hemos elegido «libremente»? La responsabilidad no está, pues, relacionada con mi libertad externa sino con la reconciliación con la realidad.  Spinoza en su obra Ética ilustra magistralmente esta idea: 

«No nos esforzamos por nada, no queremos ni apetecemos ni deseamos ninguna otra cosa porque la juzguemos buena, sino al contrario, juzgamos que una cosa es buena porque tendemos hacia ella, la queremos, la apetecemos y la deseamos».

A través de este texto, vemos que la libertad consiste en comprender la necesidad existente entre causas y efectos del universo, incluidas las del cuerpo y la mente humana. De esta manera está unida la libertad con la necesidad, aunque parezca contradictorio, porque la libertad es conocimiento de la necesidad y comprensión de la realidad, bajo la luz de la razón y de nuestra sensibilidad más profunda que nos permite formar una idea clara y distinta de nuestros juicios erróneos. Con ello Spinoza no niega la libertad, sino que remite la libertad al conocimiento. Éstas son sus palabras en su obra Ética:

 «Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia -lo que realmente sea útil-, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor, y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano para conservar su ser».

Es precisamente cuando el hombre comprende que no es libre cuando es libre. Así es como el conocimiento nos convierte en personas libres y por tanto responsables de nuestra vida. La virtud no es más que el esfuerzo por perseverar en el ser. ¿Qué significa perseverar en el ser? Es vivir de acuerdo con la verdad, en seguir ese anhelo interior de vivir en congruencia con la realidad y que nos lleva a vivir sin tener conflicto con ella. Sabemos que mucho de nuestro sufrimiento viene dado por no aceptar la realidad tal cómo es sino por pretender modificarla en cuanto no depende de nosotros. La responsabilidad «persevera en nuestro ser» en el momento que atendemos nuestras acciones asumiendo sus consecuencias y entendiendo en qué medida dependen de nosotros sus causas y efectos. Esto quiere decir que aceptamos nuestros errores y equivocaciones con una clara intención de aprender de éstos.  La responsabilidad, por tanto, nos acerca indudablemente a la vida buena. 

La responsabilidad, insisto, comporta una actitud en la que se da libertad de ser porque no me obstino en la idea de que las cosas deberían ser de una manera determinada. Aquí vale la pena rescatar a los estoicos, que al igual que Spinoza defienden que el mundo en su conjunto está sujeto a un determinismo, abren un margen a la libertad con la posibilidad de hacernos responsables en términos «de lo que depende de nosotros«. Resulta fundamental ver que esas acciones -las que dependen de mí- son asumidas por mí y no desplazo su desenvolvimiento y, por tanto, sus consecuencias a agentes externos, sean, el mundo, las circunstancias u otros. Somos los únicos seres que construyen representaciones y, por tanto, somos responsables de asumirlas como ciertas o no. Las falsas representaciones que asentimos como verdaderas son las que nos hacen esclavos y no libres. Dos son nuestras fuentes de esclavitud: los afectos (o pasiones) que inquietan sin cesar el alma, y las cosas exteriores. Epicteto dice:

«El principal quehacer en la vida es éste: distingue entre las cosas, sepáralas y dí: «Las cosas externas no dependen de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en lo mío”. Que en las cosas ajenas jamás hallarás ni bien ni mal, ni provecho ni daño, ni nada semejante.»

Responsabilizarse es poner claridad en lo que no confluye con nuestra libertad de ser, que es la ignorancia que obstaculiza el camino de ser. Resulta imprescindible descubrir que la libertad es una experiencia de ser, en la que vamos comprendiendo con más profundidad y radicalidad la realidad.

Otro factor imprescindible para vivir de forma responsable nuestra vida es el de distinguir entre responsabilidad y culpa. La diferencia más notoria es que en la culpa no hay aprendizaje sino una acusación o autoacusación de un suceso acontecido. Es decir, culpabilizar es señalar o señalarte como alguien que no hace las cosas bien y, de este modo, convertirse en un ser pequeño e insignificante que merece la reprobación, el castigo y la indiferencia. La culpa, por tanto, es el producto de un ego que se estanca en creencias limitadas. Por ejemplo, asumo que algo lo hice mal porque soy un desastre y nunca me doy cuenta de nada de lo que pasa alrededor. Ese relato me hunde en un estado de dolor porque me digo con reprobación que existe algo erróneo en mí que no me permite hacer las cosas bien. No me perdono ni mis equivocaciones ni mis errores por lo que la relación que tengo con lo que hago y conmigo mismo/a es conflictiva. A través de este ejemplo vemos dos elementos también imprescindibles a la hora de entender la responsabilidad que son la comprensión y el perdón. Cuando comprendo lo que ha pasado hay perdón de forma simultánea. Y la comprensión en este contexto no es un análisis mental de los efectos y las consecuencias de mis acciones erróneas, sino una visión más amplia de cómo vivo mi vida, en la que se da una reconciliación para poder ver más de lo que vemos. Asumimos la responsabilidad porque somos conscientes de nuestras equivocaciones, sin culpa y remordimiento, porque reconocemos nuestra ignorancia en nuestras decisiones y, eso nos lleva indudablemente a vivir con más verdad. 

Sentirnos responsables, por tanto, se vincula a un acompañamiento de nuestro sentir más profundo. En el ámbito existencial puedo mirar las consecuencias de una mentira a un amigo, en el que obviamente, se da cierto dolor por ello. Aquí, pensar o reflexionar sobre ello, no nos va a aportar mucha luz en la comprensión de lo sucedido. Lo que nos va a aportar una mayor lucidez es dar paso a ese sentir el dolor por el mal generado, y eso nos va a conducir a una nueva comprensión de la situación. No estoy hablando de una apología del sufrimiento, sino de dar cabida a la responsabilidad, no sólo a las razones de nuestra equivocación sino también a cierta inteligencia de un sentir que nos atraviesa como seres humanos que somos. Una inteligencia que nos informa de lo que nos afecta, de cómo nos relacionamos con el mundo y de su sentido. Responsabilizarnos bebe de la fuente del amor que surge de uno mismo que no es distinto del amor al otro y al mundo. En la culpabilidad hay resentimiento, desprecio y odio a uno mismo y a los demás. El amor, pues, se entiende como el impulso a seguir con fidelidad nuestro propio camino hacia la plenitud que anhelamos y, en el que somos responsables en la medida que nos abrimos a ver. Por eso, como decía, la responsabilidad y la libertad caminan juntas de la mano cuando buscamos más verdad en nuestra vida. Simplemente eso, ver, atender y amar danzan juntas en un baile en el que la responsabilidad ya no es buscada ni intencionada, sino que es el acompañante de ese baile en el que cada uno de nosotros hace del mundo su propio hogar. Esta idea la muestra Josep María Esquirol en su obra Humano más humano«:

«…lo humano, de raíz, está más vinculado con la responsabilidad que con el dominio; que una civilización más humana nos lleva a hacer del mundo nuestra casa más que a salir de casa para dominar el mundo; que una cultura más humana no es una cultura miedosa ni nihilista, sino la que sabe que no hay fuerza más intensa que la que se conjuga con el sentido. En la debilidad, lo humano, la vulnerabilidad …, se siente el pulso de la verdad «.

viernes, 21 de agosto de 2020

Sobre la transformación

Sobre la transformaciónUn nuevo artículo que he publicado en la revista homonosapiens que se titula: Sobre la transformación.

 

Me viene a la cabeza todas las veces que he escuchado a alguien hablar sobre la urgencia de un cambio en su vida. Es como un mantra que deambula, va y viene, incesantemente, en diferentes formatos: “necesito un cambio”, “necesito que cambies”, “es necesario que el mundo cambie”. El denominador común de estos tres tipos de demanda es que se sustentan en una creencia que predica que mi plenitud reside en última instancia en los demás o en el exterior. En la sociedad actual, para poder saciar esta necesidad de cambio, se vende mucha actividad y muchos productos que nos prometen paraísos terrenales y cambios para “mejorar” nuestra vida. Sin embargo, aunque exista mucha circulación de actividades hay muy poca experiencia. Viajamos, por ejemplo, buscando una experiencia que nos llene y, en muchas ocasiones, volvemos con las maletas repletas de cosas, comprobando, al mismo tiempo, que tan rápido como se llenan también se vacían. Si supiéramos que cuanto más buscamos menos hallamos lo que anhelamos, nuestra vida sería otro cantar: supondría la posibilidad de empezar a crear bellas melodías en sintonía con el latido del Universo. ¡Nos cuesta tanto descansar en la quietud! Tanto movimiento y actividad que no nos permite ver que es en la quietud desde donde podemos atisbar la transformación. A través palabras de Lao Tzu en el Tao Te King se muestra esta idea:

Sin salir más allá de tu puerta, puedes conocer los asuntos del mundo.

Sin asomarte a través de la ventana, puede ver al Tao Primordial.

No es necesario viajar más lejos para conocer más.

Así pues, el Sabio conoce sin viajar, ve sin mirar, y logra sin actuar.

No es lo mismo un cambio que una transformación y, no todos los cambios implican que haya una transformación. Resulta, pues, necesario distinguir entre cambio y transformación. La filosofía antigua arroja luz a esta distinción cuando concebía la filosofía como una forma de vida, que se alejaba de un conocimiento meramente intelectual, para dar lugar a una “sabiduría” que comprometía a la existencia entera y permitía vivir al hombre en unidad con el cosmos. A diferencia de los cambios que son temporales, la transformación, pues, abarca todo el ser. No se limita a alterar el orden de las cosas para conseguir un resultado, o en el que sustituimos una cosa por otra para adaptamos a una nueva situación. En la transformación el cambio emerge desde de nuestro interior, socava lo más profundo y va a la raíz de mi visión de la realidad: comprendiendo cómo y desde dónde vivo emerge una mirada nueva que impulsa la creación de un nuevo sentido. Por ejemplo, tenemos el caso de una persona que se encuentra insatisfecha, hastiada y desmotivada con su trabajo. Decide cambiar de lugar suponiendo que un cambio de compañeros y de lugar podría suponer una solución. Pero, por qué no se plantea, qué es lo que necesita de verdad, si ese trabajo está expresando lo mejor de sí mismo, si se están movilizando sus mejores cualidades, si se corresponde con lo que da sentido a su vida y, por tanto, va en sintonía con la alegría (en términos de Spinoza) y la plenitud. Los estoicos, sabían mucho de todo esto, y sabían cómo dotarnos de la mejor versión de nosotros mismos. Los cambios transformadores se producen cuando prestamos atención a lo que depende de nosotros y, además, vivimos en confluencia con la realidad, aceptando que no podemos tener control sobre lo que acontece. Una filosofía que orientaba sus prácticas  hacia una mayor consecución de libertad interior.

El verdadero cambio que nos transforma es el que surge de lo más genuino y profundo de nosotros mismos. Esto supone una indagación introspectiva que favorece la consecución de una mejor comprensión de la realidad, a través de la búsqueda de la verdad, en la que se cuestionan las interpretaciones que distorsionan nuestra mirada y, que permite “vivirnos” desde quienes ya somos. Los cambios no se producen sin una entrega a la realidad tal como es. Se trata, pues de mirar lo que está pasando, sin negarlo o rechazarlo. Es estar presente sin establecer juicios que provengan de expectativas, exigencias o de ideales. La entrega se traduce en una confianza incondicional en la realidad y, por tanto, en una ausencia de conflicto entre el yo y la realidad. Y, a eso no se llega desde un empeño o un querer del intelecto. Estamos muy lejos, pues, de posiciones voluntaristas, de un esfuerzo para ser mejores o cambiar, sino ante una invitación para emprender la experiencia de la unidad. Como dice Jäger Willigis en su obra “Sobre el amor”:

En la senda espiritual, la ética surge en la persona no de buenos propósitos y de apelaciones a la voluntad, sino de la experiencia de la unidad. La persona se transformará hasta en lo más profundo de su ser. Esto trae consigo una transformación de la conciencia y de una visión del mundo que supera el estrecho círculo del yo. La persona abandona su egocentrismo e individualismo, y se experimenta como parte de un gran todo.

El cambio transformador se da, por tanto, cuando rompemos con esa inercia a vivir separadamente del mundo. Y, esto no puede darse si estamos atrapados en el tiempo psicológico-egótico o en el cronológico. La transformación se da en un presente atemporal. Krishnamurti en su obra “Vivir de instante en instante” lo expresa a través de estas palabras:

El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se engaña a sí mismo; vive en la ignorancia y, por lo tanto, en conflicto. Pero el que ve que el tiempo no es la salida de nuestras dificultades, y por lo tanto está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene la intención de comprender; su mente, por consiguiente, está serena espontáneamente, sin compulsión, sin prácticas. Cuando la mente está serena, tranquila, sin buscar respuesta ni solución alguna, sin resistir ni esquivar, sólo entonces puede haber regeneración, porque entonces la mente es capaz de captar lo que es verdadero; y es la verdad lo que libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.

Siguiendo esta idea, es evidente que ha sido bastante recurrente en Occidente la búsqueda de cambios como sinónimo de progreso, haciendo un uso -más que cuestionable y harto criticado- de la razón instrumental. La voluntad aquí se halla sometida a una creencia de que el cambio es sinónimo de progreso, entendido como un ideal que nos proporcionará la felicidad en el futuro. Un ideal que está fundamentado en una deficiente comprensión radical de la realidad, puesto que la felicidad se da cuando vivimos en confluencia con el sentido de la Vida, del Logos, el Tao, el brahman… Volviendo de nuevo a Jäger Willigis: afirma que el verdadero progreso es el origen y, por tanto, el regreso. Para explicar esta idea la relaciona con la parábola del hijo pródigo que, según sus palabras, “ilustra magistralmente la historia de nuestra transformación”. Al igual que el hijo pródigo, quien simboliza el ego que actúa de forma narcisista, hemos abandonado la casa del padre, quien simboliza la esencia de nuestro ser, nuestra patria. En consecuencia, hemos olvidado quiénes somos en realidad. Esto, evidentemente nos produce dolor que resulta de la consecuencia natural de la separación de nuestra verdadera esencia. Siguiendo las palabras del autor dice lo siguiente:

Parece que debemos atravesar primero por la separación, el dolor y la necesidad, antes de estar preparados para regresar a nuestra verdadera patria. Con frecuencia es el dolor, el fracaso, lo que nos hace recobrar la conciencia y lo que nos recuerda nuestra meta verdadera. En la historia se trata de la casa del padre, queriendo señalar con ello nuestra esencia verdadera, el regreso a la unidad con el fundamento primordial de la vida.

La transformación implica, pues, descubrimiento. Parafraseando las célebres palabras de Proust: «El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos«. Una mirada que es equivalente a estar atentos y, que no es otra cosa, que tener cuidado de nosotros mismos y, por tanto, del mundo. En esa mirada lúcida y penetrante está el germen de la transformación, que se sitúa en las antípodas de esos cambios que circulan en los mercados perecederos del Ser. A diferencia de lo que se enseña en las facultades de Filosofía, para llegar a la transformación no se requieren grandes dosis de erudición, pensamiento ni grandes dotes argumentativas, sino una mirada desnuda y limpia que despoja al mundo de filtros, retoques y capas de maquillaje. Desde allí, entregados en la quietud del silencio, paradójicamente, no nos encontramos solos sino reconciliados con la vida y con el mundo porque estamos de nuevo en casa. Por último, estas palabras de Nisagadartta en su obra Yo soy eso:

Siéntase perdido! Mientras se sienta competente y seguro, la realidad está más allá de su alcance.

A menos que acepte la aventura interior como modo de vida, el descubrimiento no llegará a usted.

Olvide sus experiencias pasadas y sus logros, quédese desnudo, expuesto a los vientos y lluvias de la vida y tendrá una oportunidad.

Leer más en HomoNoSapiens| Café filosófico: ¿Por qué sufrimos?  Sobre el pensar y el sentir Sobre la gratitud

lunes, 2 de julio de 2018

He iniciado una colaboración con la revista Homonosapiens. Este es el primer artículo que escribo.

 Sobre la confusión y la claridad

Sobre la confusión y la claridad
Imagen| Lucía Naval, “Desocultamiento”
La filosofía ha otorgado, desde el inicio de su andadura, un papel clave y constitutivo a la duda, a la que considera imprescindible en la búsqueda de la verdad y de la claridad. Sócrates proclama cuál es la actitud filosófica a través de sus célebres palabras: “Sólo sé que no sé nada“. La filosofía, desde entonces, ha insistido siempre, hasta la saciedad, en que el verdadero conocimiento no puede darse sin el cuestionamiento, la duda, la sospecha de que lo que sabemos, posiblemente, no es tan cierto como creemos.
Sin embargo, en el ámbito de la vida cotidiana, se tiende a creer que la situación ideal en nuestras vidas es la posesión de la certeza. Consideramos que lo más conveniente es ir por la vida con “las cosas bien claras“. Es lo que podemos llamar el mito de la falsa claridad, que sintoniza con una melodía bastante común: el desprestigio de la duda y el apego a la posesión de una “verdad”, que se manifiesta en respuestas reduccionistas, tipo “sí” o “no”, sin muchos más matices. En este caso, creemos que permanecer confusos, dubitativos ante una situación, por ejemplo, cuando nos decimos a nosotros mismos “no sé qué hacer”, “no sé qué siento realmente”…, esto se relaciona de forma inmediata con algo que debemos evitar y solucionar rápidamente, ya que sería la causa principal de nuestro más profundo malestar existencial. Lo sentimos como esa piedra que se introduce en nuestro zapato, cuando caminamos y nos incomoda, porque creemos que, al detenernos para quitarla, estamos perdiendo el tiempo. Nos molestan las piedras en el camino, cuando las vemos como obstáculos para nuestros objetivos. En cambio, cuando las percibimos como parte de nuestro proceso para ser más reales, comprendemos que resulta necesario a menudo detenernos, pararnos a meditar, en definitiva, cuidar del estado de nuestros zapatos, prestar más atención a nuestros pasos, pues son los que van forjando el mismo camino que transito.
No obstante, tendemos a detenernos más bien poco, a prestar poca atención a nuestra confusión. Surge en nosotros, en muchas ocasiones, esa “prisa” por solucionar o disipar tal estado de duda, que consideramos nefasto y generador de malestar, cuando es precisamente la prisa, y no la confusión, la que nos sumerge en ese estado. Otra respuesta común a esta creencia limitada, considerando a la duda como algo que no es bueno, que es fuente de nuestros pesares, es la de creer que no disponemos de los recursos ni del potencial necesario para superar un determinado estado de confusión, porque no somos lo suficientemente capaces o inteligentes para escoger la alternativa más adecuada, en esa encrucijada de caminos en que nos encontramos. Otras veces podemos pensar que la duda no puede clarificarse en este preciso momento. Entendemos, entonces, que es mejor esperar a que se resuelva sola, porque no depende de mí su resolución. Así ocurre cuando esperamos que el mundo sea mejor, que lleguen las circunstancias idóneas, las personas ideales… Nuestra responsabilidad se diluye en una actitud pasiva y reactiva. Por lo tanto, mi acción y mi potencia se esconden tras una máscara de víctima de las circunstancias, y se convierten en objeto, en marioneta bajo unos designios que no dependen de mí, sino de la suerte, el destino, el azar…
Pararnos a pensar sobre lo que es mejor para nosotros mismos es una actitud sana que defiende la filosofía. Los estoicos establecieron que la virtud es actuar de acuerdo con la naturaleza que, en el caso del ser humano, consiste en actuar de acuerdo a la razón (logos), entendiéndola como el orden universal, del cual nosotros formamos parte. Este desarrollo se realiza sin prisas, sin esforzarnos en ser algo, sino simplemente siendo. Surge de forma espontánea y natural cuando nos exponemos “desnudos” ante el mundo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando no tenemos ninguna prisa, pero el no actuar se convierte en un hábito que sea un modo de evasión de nuestro verdadero sentir? Veamos dos ejemplos de este tipo de reacción, que esconde en la mayoría de los casos un miedo a equivocarse. El primero, aquel que relacionamos con una actitud instalada en la duda constante, una actitud que no constituye, por lo tanto, un avance hacia la clarificación, sino más bien, una actitud ante la vida que procede de una desconexión con nuestro ser. Frecuentemente, viene acompañada de un bloqueo en el ámbito de la acción. Si la duda, nuestra actitud escéptica ante la vida, es radical, fruto de creencias o juicios limitados, nos vemos bloqueados en el ámbito de las acciones. Si el ser no se aúna en un mismo movimiento con el hacer, no podemos avanzar ni crecer. En cuanto al segundo ejemplo, también hemos de sospechar de la duda entendida como un método para llegar a la certeza, al modo cartesiano. Dentro de esta postura, adoptamos una actitud de desconfianza ante todo lo que nos envuelve. Todo lo que no se presente clara y distintamente ha de ser eliminado, para quedarnos solamente con lo que es indudablemente cierto. Este apego por la certeza, desde un sujeto que se piensa a sí mismo como objeto, no permite, según la filosofía sapiencial, conectar con nuestra propia realidad, a la que se accede justamente prestando más atención a la duda y a la confusión, como clave de nuestro propio discernimiento. Mis dudas me enfrentan a mis propios límites, y mis límites constituyen mi propia luz. Consiste, pues, en una penetración hacia nuestro interior que no se basa en pensar en el Ser, sino que se trata de “experienciar” el Ser.
Sin embargo, ¿por qué nos incomoda tanto la confusión y la duda? Tenemos, como he dicho anteriormente, una concepción limitada de este estado cuando pensamos que nos genera sufrimiento. Nos aferramos a la claridad, queremos tener las cosas claras y nos incomoda terriblemente no tenerlas. No reflexionamos que, a veces, ese apego a la claridad, es más bien una muestra de estancamiento, de falta de avance. ¿Cuántas veces hemos esquivado el escuchar la confusión, y fijamos nuestra mirada en un lugar “seguro” para evitar la sensación de miedo, angustia, incertidumbre, inseguridad, incapacidad…? Ocurre cuando continuamos con un trabajo o con una relación insatisfactoria, nos instalamos en la resignación, o en la evitación de la escucha, y dejamos de prestar atención a nuestras mismas dudas. Nos volvemos pasivos y, por tanto, débiles. En este caso, ese resignado “sí ”, o ese “ahora no quiero sentir”, es una muestra de “falsa claridad”. Parece que está claro aquello que en cierta medida no es cuestionado, cuando más bien se trata de una señal inequívoca de algo que no queremos ver con claridad, porque esa indagación nos mostraría los temores más profundos, a los que no nos queremos enfrentar. La confusión quiere decirte: “Préstame atención y escúchame, porque hay algo que necesitas cambiar en tu vida”.
Así pues, la confusión y la duda no representan ningún retroceso, un proceso que hemos de evitar o que hemos de solucionar lo más rápidamente posible. La confusión surge cuando algo se remueve en nuestro interior y pide espacio en nuestra vida. Muestra un hábito, una creencia, una situación que está disminuyendo mi alegría, pero que está siendo una ventana abierta a la posibilidad de ser más reales. La duda y la confusión nos piden exploración e indagación de nuevas posibilidades, nos invitan a abandonar un estado o situación insatisfactoria, que va en contra –haciendo referencia a Spinoza– del impulso actualizador que constituye la esencia de cada uno, del “conatus”, del “esfuerzo por perseverar en nuestro ser”, por aumentar la fuerza de vivir o experimentar pasiones alegres. La claridad, como afirma Nietzsche –siguiendo a Spinoza– no se corresponde, pues, con un concepto ni con una idea, sino con una “intensidad” que se expresa en la voluntad de poder, no en la “voluntad de verdad”. La duda es una posibilidad de cuestionar nuestras creencias limitadas y de indagar en el conocimiento de uno mismo. Nos hace más libres, pues nos permite indagar, cuestionar, comprender y transformar nuestros juicios limitados. ¿Cómo podemos ser más reales sin una mirada más nítida a quiénes somos? Es, por tanto, un camino hacia la verdad, entendida como aletheia, desocultamiento o desvelamiento de quiénes somos realmente. La duda representa el camino más claro. No aceptar un estado de duda o confusión como un estado en el que estamos situados en un momento concreto, es negar la claridad misma del instante en el que vivimos, y disminuir nuestro grado de presencia en el mundo. La aceptación de nuestra confusión significa avanzar hacia la claridad, puesto que en nuestra propia confusión reside nuestra claridad.