lunes, 7 de octubre de 2019

Xerrada: L'assessorament filosòfic

Xerrada sobre què és l'ASSESSORAMENT FILOSÒFIC a Manacor a ISIM - Institut de Salut Integrativa Mallorca - Institut de Salut Integrativa Mallorca el 24 d'octubre a les 19 h. Explicaré en què consisteix aquesta via d'indagació personal que ens permet clarificar el que se'ns presenta com confús, comprendre el que ens resistim a acceptar i prendre més consciència de la relació que tenim amb la nostra vida. Mostraré exemples a partir de casos reals i faré una petita mostra del que faig a una consulta.
Activitat gratuïta. Cal reservar al telèfon: 629638257

Sobre la nostalgia

Sobre la nostalgia


Un nuevo artículo en la revista homonosapiens, que habla sobre la idealización de la nostalgia como estrategia de huida ante una realidad presente que no queremos aceptar.

SOBRE LA NOSTALGIA
Siempre vivimos en el presente (a nivel real) aunque, en algunas ocasiones, no estamos del todo presentes en el momento en el que vivimos (nivel psicológico).  Así, por ejemplo, cuando recordamos un pasado en el que fuimos felices, no por ello dejamos de vivir en el presente sino que, en realidad, vivimos poco presentes porque estamos identificados con una creencia, que podría ser, entre otras, la de que todo tiempo pasado fue mejor.
Para conocer el nivel de presencia en el que vivimos, que no es más que nuestra apertura al sentir del momento, en el que estamos aquí y ahora, os propongo que hagáis una práctica de autoobservación a partir de las siguientes cuestiones: ¿estás pensando lo que sientes en lugar de sentirlo?, ¿revives frecuentemente tu pasado o te proyectas en el futuro? A partir de esta práctica, surgen diferentes posibilidades de estar ausente, en las que se da una disminución de nuestra presencia, entre las que destaco las siguientes: el que vive proyectado en el futuro, por sus preocupaciones, temores, proyección de ideales y fantasías… y, por otro lado, el que vive invocando un pasado, sea porque siempre considera que fue mejor o  porque vive sometido a experiencias vitales dolorosas, que son fuente de culpas y remordimientos.
En la mayoría de ocasiones, detrás de la ausencia, se esconde una voluntad de no querer ver, es decir, nos tapamos los ojos para no abrirnos a una realidad que nos disgusta, y nos resistimos a vivir la realidad tal como es, sin trampas ni cartón. Una de las estrategias mentales que nos aleja de la realidad, es la de las personas que viven bajo la nebulosa de la nostalgia de los felices tiempos que fueron y que no volverán a ser. En este caso, se trata de alcanzar una “falsa felicidad”, que es esclava de ideales y creencias que generan dolor porque nuestra plenitud ya fue, no es, ni podrá ser.  Aspiran a una felicidad que no depende de ellos alcanzarla, puesto que descansa en unas circunstancias que escapan a su control. Buscan en el exterior su plenitud, cuando, en esencia, desconocen -no recuerdan- que todos ya somos completos y, por tanto, plenos. De este modo, si para vivir plenamente en el presente necesitas alcanzar ciertas condiciones que se basan en algunas exigencias como son las de cambiar el mundo, a otras personas o a ti mismo/a, es que andas en un terreno de arenas movedizas, que te aleja, sin ninguna duda, de conseguir la vida buena. A esto se refiere Pierre Hadot en su obra Plotino o la simplicidad de la mirada:
El movimiento de la Vida y su presencia total no pueden fijarse en un punto, sea cual sea. Por lejos que uno vaya hacia lo infinitamente grande o lo infinitamente pequeño, su movimiento siempre nos rebasará, puesto que nosotros estamos en dicho movimiento. A la Vida cuanto más se busca, menos se la encuentra. Sin embargo, cuando renunciamos a buscarla descubrimos que ya estaba allí, puesto que es pura presencia: todo lo que concebíamos o percibíamos como distinto nos separaba de ella.
Por otro lado, si hacemos referencia a la etimología de la palabra nostalgia, ésta alude al dolor provocado por una ausencia que es recordada, que provoca añoranza y melancolía. Una vivencia, que puede llevarnos a estar más ausentes o más presentes aquí y ahora, dependiendo de nuestro nivel de conciencia. La cuestión importante que se nos plantea, por tanto, es cómo vivimos -cómo nos relacionamos- con esta pérdida: si el pasado nos conecta o no con el goce de habitar el presente. Para averiguarlo, pregúntate, esta vez, sobre la relación que mantienes con tus recuerdos más felices a través de estas cuestiones: ¿te proporcionan frustración, remordimientos, culpa, apatía vital, enojo, tristeza?, ¿te alejan de la alegría? En pocas palabras, ¿te alejan de la vida buena? Si contestas afirmativamente, deberías atender a estas “voces” que te indican un camino para transitar, ciertos recovecos oscuros que te impiden avanzar. Pero, como he señalado, también la evocación de estos recuerdos pueden conectarte con la alegría del presente. De hecho, volviendo de nuevo, a Pierre Hadot, en su obra Ejercicios espirituales y filosofía antigua, éste alude a una práctica realizada por los epicúreos como ejercicio espiritual. Para ellos, la existencia humana se consume por temores injustificados y deseos insatisfechos. Es decir, nos producen miedo cosas que no debemos temer y deseamos cosas que no precisamos desear. De este modo, la curación del alma implica liberarla de las preocupaciones humanas y recuperar de este modo la alegría por el mero hecho de existir. Los epicúreos proponen un entrenamiento para relajarse, que nos permita apartar nuestro pensamiento de la visión de las cosas dolorosas y fijar nuestra mirada en los placeres que consiste en lo siguiente: “Hay que revivir el recuerdo de los placeres pasados y gozar de los placeres presentes, reconociendo cuán grandes y agradables resultan”.
Pero, ¿qué sucede cuando el recuerdo del pasado no es un ejercicio para recuperar el único y auténtico placer que es el gozo del ser y nos sumerge en un vida llena de sinsentido, y con muy poca presencia? Es el caso de las personas que viven en conflicto con la realidad, sumidos, por ejemplo, en una tristeza combinada,  a veces, con episodios depresivos. No le ven sentido a su vida, se sienten infelices y su referente de felicidad radica en una felicidad pasada, idealizando el pasado y estando ausentes del presente, el cual se escabulle entre sus dedos. La realidad que les envuelve duele por lo que creen encontrar un refugio en el pasado donde descansar, pero, en realidad, les aleja más de habitar su vida. Recuerdo que una persona, en una consulta de asesoramiento filosófico, me comentaba que cuando se acercaban fechas claves familiares, padecía de momentos en el que el abatimiento y la tristeza le resultaban insoportables, porque no podía disfrutarlas de nuevo. De hecho, decía que en su pasado estaban los únicos momentos en los que había experimentado felicidad y, que nunca había vuelto a reír, ni a disfrutar como antes lo había hecho. Se había desconectado de ella misma. Según sus propias palabras: “sentía un vacío en el pecho”, que no era más que un síntoma de algo no digerido, integrado en su vida.
Para llegar a conectar con el gozo de ser, es del todo necesario “querer ver” y comprender lo que no permite ese goce. Se trata de un mirar -un despertar-, que no resulta en muchas ocasiones nada atractivo para las personas que se encuentran en esta situación. Muchos buscan una solución, una receta rápida que les devuelva la alegría, el sentido en su vida, pero, en el que puedan esquivar el tránsito por lo que creen que les va a hacer sufrir.  Desde la filosofía, no existen curas rápidas, sino que el camino es el que es, sin prisas, no sólo atendiendo a las soluciones o resultados. Como decía Epicteto, en el Manual de vida:
Nada importante se produce de pronto, ni siquiera la uva o el higo. Si ahora dijeras: “quiero un higo”, te responderé que hace falta tiempo. Deja primero que florezca, luego que dé fruto, luego que madure. Si el fruto de la higuera no está a punto de inmediato y en un momento, ¿en tan poco tiempo y con tanta facilidad quieres tú conseguir el fruto del pensamiento humano? No lo esperes ni aunque te lo diga yo.
La vía propuesta, por muchos filósofos,  es la del autoconocimiento, la del conocimiento de sí mismo. No se trataría,  por tanto, de buscar el sentido de nuestra vida fuera de nosotros, sino que es mirando en nuestro interior desde donde podríamos conectar con nuestra plenitud. Es, desde una indagación, como la que proponía Sócrates, dirigida a cuestionarnos creencias del tipo: en este mundo tan horrible no puedo llegar a la felicidad, la vida es sufrimiento sin cesar, la felicidad me llegará cuando consiga algo concreto, las situaciones se modifiquen, o el mundo cambie…, como podemos llegar a tomar más conciencia. Pero, no tan sólo se trata de una indagación de índole cognitiva, sino que  también es una práctica continuada: una ascética de autoobservación, de estar atento a la forma como vivimos, en ver cómo nos relacionamos con la vida, no dejarnos atrapar o identificarnos con los pensamientos, una mente que suele desconectarnos de nosotros mismos y de la realidad. No vivimos en el presente porque psicológicamente nos hallamos sumergidos -en el tema que tratamos de dilucidar- en un pasado que no hemos integrado. Si estás en este caso, observa esta dinámica, sin intentar aferrarte a ella, sintiendo esa tristeza, esa nostalgia. Vívela sin estar sujeta a ella. Tú no eres ni esa emoción, ni esa vivencia, eres esa conciencia, el discernimiento de lo que vives. No hay otra forma que transitar nuestros “pequeños infiernos” para llegar al paraíso. La nostalgia lleva también a un reconocimiento de aquello que es importante en nuestra vida, en realidad, de quienes somos, de donde hemos de despojar los apegos, las resistencias y el miedo.  Tal y como dice Mónica Cavallé, en su última obra El arte de ser:
De hecho, es precisamente el apego a la imagen de sus vivencias pasadas felices lo que bloquea en algunas personas el camino a la aceptación. Cabe formular esto último como una ley espiritual: pretender acceder directamente al cielo nos aboca al infierno […] No queremos vivir nuestros infiernos personales, queremos eludirlos a toda costa, queremos transitar directamente al paraíso, pero la salida al paraíso pasa siempre por atravesar nuestra limitación, por abrazar nuestra sombra, por confrontar y apurar hasta el final, una y otra vez, nuestra experiencia actual”.

domingo, 26 de mayo de 2019

Taller Autoconocimiento y cultivo presencia




Una nueva propuesta de Consulta filosófica SLOW Thinking en un taller de 4 sesiones todos los jueves de junio de 18 h a 19.30h Can Monroig, Inca. Este taller pretende crear un espacio filosófico en el que semanalmente los asistentes puedan dedicarse un tiempo a ellos mismos, para tratar de "experienciar" -no tan sólo pensar- quienes son realmente. A través de diálogos filosóficos y actividades que se encaminan a fomentar la vida contemplativa, se facilitará una indagación de cuáles son las creencias limitantes que no nos permiten estar presentes del todo, además se tratará de ejercitar una actitud de "estar alerta" y despierto, que permitirá habitar el mundo con más conciencia y de forma más plena en el presente. 

No es necesario tener conocimientos de filosofía.

Para más información del curso:https://canmonroig.com/…/405-taller-de-autoconocimiento-y-c…

Inscripciones: aslowthinking@gmail.com / 679431476

Sobre la belleza

 Sobre la belleza


Un artículo nuevo en la revista Homonosapiens que trata sobre la desvirtuación del concepto de  belleza en la actualidad. Peropone la vía contemplativa como antídoto para acceder a la visión de la belleza. En enlace original está aquí. El texto es el siguiente:

 Theodor Adorno inicia su obra la Teoría Estética de este modo: “Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”. A partir de sus palabras -aunque hayan pasado 50 años desde su publicación- se puede poner en contexto el concepto de belleza en la actualidad. Es cierto que la belleza, siguiendo la crítica de Adorno al arte, se ha visto desvirtuada -no tan sólo en el ámbito artístico- por parámetros capitalistas, perdiendo su autonomía para convertirse en mercancía y, también resulta evidente, que su propia rentabilidad pone en peligro hasta su propia existencia. Además, la experiencia y el anhelo de contemplar la belleza en sí misma también se ha visto alterada -por no decir que está en peligro de extinción-, puesto que se hace menos frecuente aquella experiencia a través de la cual entramos en contacto con una dimensión esencial y profunda de nuestro ser. La belleza, por tanto, en muchos casos, ha dejado de ser bella porque sigue una finalidad, sea la de producir dinero o la de complacer a otros, no por quienes somos sino más bien por lo que deberíamos ser. Esto viene determinado en muchas ocasiones por las empresas y el mercado. Nos volvemos con ello heterónomos, es decir dependientes de una marca y de una imagen, que no son más que un débil reflejo, una imagen esperpéntica de la belleza -de la no belleza-, que nos convierte en esclavos de apariencias que nos alejan de nuestra identidad.
En esta idea de belleza vacía de belleza -que es superficial, estéril y heterónoma- devenimos sujetos pasivos, faltos de libertad y poco creativos. Buscamos con ansiedad poseer y retener la belleza a golpe de talonario, sin comprender que ya somos belleza esencialmente. No hay nada más ilusorio que pensar que podemos comprar la belleza, cuando lo que en realidad nos sucede es que estamos atados de manos y pies, en una caverna al modo platónico, sin poder ver que la auténtica belleza reside en nosotros mismos. De este modo, vivimos en continua guerra contra el tiempo porque no queremos que se desvanezca la belleza de nuestra juventud, ni que se marchiten las flores de nuestro jarrón, cuando es precisamente en ese transcurrir del tiempo donde se halla el misterio de la existencia y su belleza. La auténtica belleza es atemporal y, en su misma contemplación vivimos en el instante esa experiencia sublime de que podemos existir más allá de la temporalidad: tenemos la impresión de que el mundo se ha detenido y de que se ha borrado toda separación entre yo y el mundo.
Frente a una belleza enlatada y producida en serie, la filosofía reivindica la experiencia contemplativa de la belleza, que remite a una experiencia del SER, que resulta ser transformadora porque nos abre al mundo desde un sentir que emerge de nuestra interioridad más profunda y radical. Supone, pues, un antídoto y un acto revolucionario porque implica una pausa o una acción de detenerse ante la aceleración del tiempo que no para de correr. La contemplación nos lleva a otro lugar porque nos conecta con lo que ya somos: la belleza de nuestro ser es la belleza que hace bellas a las cosas bellas. Pero, veamos, un poco más en detalle lo que se entiende por contemplación. El término contemplación proviene del vocablo latino contemplatio, que deriva de contemplum, una plataforma situada delante de los templos paganos, desde la cual los servidores del culto escrutaban el firmamento para conocer los designios de los dioses. De contemplum procede asimismo el término latino contemplari: «mirar lejos» y fue utilizado en la antigüedad para traducir la palabra griega theoría, «contemplación». Contemplar es, pues, una experiencia del Ser que implica una mirada atenta, profunda y detenida sin juicio. Mónica Cavallé nos clarifica esta idea a través de las siguientes palabras: “La contemplación era, además, un conocimiento experiencial: conocer el Ser era ser el Ser. Contemplar era tornarse uno con lo contemplado”. En el tema que nos ocupa, la contemplación de la belleza es una experiencia que aspira a la “visión” y el contacto con la belleza, una vivencia en la que subyace una capacidad para ser conmovidos y afectados y, que posibilita una modificación de nivel de conciencia y de transformación. Cabe subrayar que esta concepción de vida contemplativa queda paulatinamente relegada por una concepción de la filosofía entendida como discurso teórico fruto de una actividad estrictamente intelectual. Hecho que comporta un empobrecimiento y alejamiento de la experiencia de ser belleza porque es absolutamente vano intentarlo desde una serie de teorías o discursos, ni tampoco desde los distintos estándares fabricados que la sociedad de consumo nos ofrece. En sus palabras, en El arte de Ser, Mónica Cavallé lo expresa de la siguiente manera:
“De modo que, si bien la cultura dota en cierta medida de contenido a estas nociones, no es la cultura la que crea en nosotros la aspiración al bien, a la belleza o la verdad, ni la capacidad de conmovernos ante un acto bueno, ante una realidad bella, ante la congruencia inapelable de la verdad. Paradójicamente, al tratarse de una luz que es siempre más originaria que cualquier contenido de conciencia particular, es un criterio que no se puede aferrar, compendiarse en una serie de juicios. Lo que nos pone directamente en contacto con la dimensión más profunda y significativa de lo real no son los procesos ni los contenidos mentales, tampoco las emociones (que son ecos de los movimientos mentales), sino un sentir que es algo así como el tacto, el gusto o la vista de lo profundo en nosotros”.
En este sentido también encontramos en Byung-Chul Han en su obra Filosofía del budismo Zen, en el capítulo donde trata el concepto de vacío en el budismo encontramos una referencia sugerente de lo que es la contemplación:
«El vacío “vacía” al que mira en lo mirado. Se ejercita un ver que en cierto modo es objetivo, que se hace objeto, un ver “amistoso” que deja ser. Hay que considerar el agua tal como el agua ve agua”. Una contemplación perfecta se produciría por el hecho de quien contempla se hiciera “acuoso”.
También dice:
“El asno ve en las fuentes y las fuentes ven el asno. El pájaro mira la flor y la flor mira al pájaro. Todo esto es la “concentración en el despertar”. La esencia ejerce su fuera esenciante en todo lo presente, y todo ser presente aparece en la esencia una”.
En otra parte del libro expresa:
“Contemplar el paisaje de modo exhaustivo significa hundirse en él apartando la mirada de sí mismo. El que contempla no tiene aquí el paisaje como un objeto que está frente a él. Más bien, el contemplativo se funde con el objeto”.
En esta idea de tornarse uno con lo contemplado y de fundirse con el objeto, subyace la idea de que la belleza que reside en todos los cuerpos es una e idéntica. Aquí en este punto resulta necesario hacer una referencia a Platón, cuando expresa de forma magistral el camino para llegar a la visión de la belleza. Su definición de belleza radica en mostrar que la belleza es el resplandor de la idea en la cosa. Es «presencia», aparecer de la presencia misma de la idea en la cosa misma. Las cosas son bellas porque nos transportan fuera de lo inmediato y material, a través de ese resplandor de la idea en lo material. A través de ese impulso de deseo de lo bello (Eros) ascendemos desde las cosas materiales hasta la idea misma de belleza, por lo que se hace visible a los ojos del alma. En su obra El Banquete muestra esta idea:
“En efecto, si es preciso buscar la belleza en general, sería una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos, es una e idéntica. Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno sólo. […] Siguiendo así, se verá necesariamente conducido a contemplar la belleza que se encuentra en las acciones de los hombres y en las leyes, a ver que esta belleza por todas partes es idéntica a sí misma, y hacer por consiguiente poco caso de la belleza corporal. De las acciones de los hombres deberá pasar a las ciencias para contemplar en ellas la belleza; y entonces, teniendo una idea más amplia de lo bello, no se verá encadenado como un esclavo en el estrecho amor de la belleza de un joven, de un hombre o de una sola acción, sino que lanzado en el océano de la belleza, y extendiendo sus miradas sobre este espectáculo, producirá con inagotable fecundidad los discursos y pensamientos más grandes de la filosofía, hasta que, asegurado y engrandecido su espíritu por esta sublime contemplación, sólo perciba una ciencia, la de lo bello. «
Para acabar, cabe decir que la contemplación se puede cultivar a través de la práctica. Es tan sólo a través de una experiencia que ejercitamos de forma continua cuando puede transformarse una mirada atrapada en la prisión egótica, a una mirada más lúcida, profunda y fecunda. Platón acaba de darnos algunas indicaciones de cómo, siguiendo el anhelo y amor que reside en nosotros mismos de aspiración de la belleza y, también, a través de la contemplación, podemos “engrandecer nuestro espíritu”, elevarnos hacia el pensamiento puro y amor de la belleza y la verdad. Añado, de la mano de Consuelo Martín, unas indicaciones, que en la línea de Platón, añaden un matiz, quizás más práctico y accesible para iniciarse en una vida contemplativa. Os dejo, pues, con sus palabras y con todo mi deseo de que puedan servir para este fin:
“La contemplación implica desdibujar y volver a dibujar de nuevo una realidad, que ya no busca fuera de nosotros lo que ya somos, sino que implica ser a la vez lo contemplado, que es lo que profundamente somos. Cuando reconoces la belleza en una flor sumérgete en la belleza misma. Desde el objeto donde la has reconocido por tu sensibilidad, gírate hacia la belleza misma y quédate en ese estado. Sólo queda esa hermosura que es el reflejo de lo divino en lo manifestado. El reflejo que te lleva al origen. Tú no eres alguien que añora la belleza de una flor. Eres belleza. Contempla esa belleza que eres. Contempla la perfección que añoras. No intentes atraparla. Sólo dedícate a contemplarla”.




domingo, 21 de abril de 2019

Xerrada-presentació: Viure en el present

Faré una xerrada-presentació sobre Slow Thinking i l'autoconeixement des de la filosofia sapiencial. A més, com a introducció del curs que impartiré en el mes de maig i juny, propiciaré un diàleg filosòfic sobre el tema: com vivim el present.

L'entrada és gratuïta.

-26 d'abril a les 19.30h a Isim (institut de salut integrativa a Manacor) c/ Severo Ochoa 6

Charla presentación Autoconocimiento y cultivo de la presencia

Entrada libre y gratuita para presentar el curso Autoconocimiento y cultivo de la presencia (en preparación).
El Proyecto SLOW THINKING, es una propuesta que nos invita a detenernos, de cuando en cuando, para vivir la vida con más calma, reflexión y actitud filosófica. Esto se da a través de una indagación de nuestra propia vida, que se centra en aspectos que resultan confusos, problemáticos o, que simplemente, queramos profundizar más. Es una invitación a llevar una vida buena, en sintonía con la verdad, entendida como aletheia (desocultamiento). Es decir, se trata de una tarea de desocultamiento, en el sentido de que nuestra identidad real, se halla oculta por la superposición de creencias limitadas y prejuicios, con los cuales nos hemos identificado. Este trabajo de autoconocimiento nos proporciona, en primer lugar, una comprensión profunda -que es el único camino que posibilita la transformación- y nos acerca a la verdad porque es la ignorancia- lo que creemos que somos- la causa principal de una vida inauténtica. En segundo lugar, se aborda esta indagación de una forma experiencial, desde nuestra experiencia vital y sentida de quienes somos en el presente. No se trata solo, por tanto, de pensar sobre quienes somos sino también es al mismo tiempo una experiencia contemplativa de SER. 
 
Las actividades que engloban la difusión de la filosofía como forma de vida van desde talleres, cursos, retiros y asesoramiento filosófico. Se sigue en todos ellos un enfoque filosófico eminentemente práctico, que concibe la filosofía como Arte de la vida. Enfatiza, pues, el papel activo y creativo de las personas a la hora de vivir su propia vida y, se aleja, de la psicología, la terapia clínica y la autoayuda. No se ofrecen, por tanto, ni soluciones, ni tampoco recetas de cómo tenemos que vivir y, mucho menos, los participantes hablan de sus intimidades, aunque sí, de cómo y desde dónde se relacionan con sus vivencias. Se fomenta la libertad, autonomía y confianza en el propio criterio de los participantes, que son, en definitiva, los cocreadores de su propia vida.
Hablaré de todo esto y, además podremos disfrutar de un diálogo filosófico, para que puedas conocer y experimentar de primera mano, en qué consiste y cómo se realiza un trabajo de autoconocimiento. El tema a tratar será sobre “Autoconocimiento y cultivo de la presencia”. Trataremos, a modo de introducción, iniciarnos en el arte de "experienciar" nuestra presencia, a partir de una reflexión filosófica dialogada, para conocer en qué medida estamos presentes y cuáles son los principales obstáculos que nos impiden habitar plenamente nuestra vida.

viernes, 22 de febrero de 2019

Sobre la confianza

Esta vez escribo en la revista Homonosapiens sobre la confianza, brújula de nuestro pensar y sentir, que nos orienta, sin duda, a la vida buena. El artículo original está aquí
 Sobre la confianza
¡Oh mundo, todo cuanto se adecua a ti se adecua a mí! Nada sucede para mí demasiado pronto ni demasiado tarde siempre que sucede a tiempo para ti. Oh naturaleza, cualquier cosa que tus estaciones proporcionen será fructífera. Todo de ti, todo en ti, todo para ti.
                                                                                                                                            Marco Aurelio, Meditaciones
Entre todas las acepciones que existen sobre el concepto de confianza, me centraré en la que apela a una disposición o actitud a creer, tener fe y rendirse a lo que uno es en sí mismo que, a su vez, converge en la actitud de vivir conforme a la Razón. En palabras de Pierre Hadot en Ejercicios espirituales y filosofía antigua, al hilo de la anterior cita de Marco Aurelio, que influye a Jules Michelet, esto quiere decir lo siguiente:
Vivir conforme a la Razón supone por lo tanto reconocer que aquello que sucede “a tiempo” para el mundo sucede también a tiempo para nosotros mismos, que eso que “armoniza” con el mundo “armoniza” con nosotros mismos”, que el ritmo del mundo debe ser nuestro mundo. De este modo tal como Marco Aurelio repite por doquier, “amaremos” todo cuando el mundo “ama” crear, estaremos en armonía con la armonía de la propia naturaleza.
Desde esta perspectiva, por tanto, nos alejamos de una “falsa” concepción de la confianza que esté en relación a cumplir unas expectativas, es decir, de un apego a cómo deberían ser las cosas, el mundo y nosotros mismos, que no sería más que una expresión de nuestros propios límites a la hora de aceptar la realidad tal como es. La confianza va más allá de teorías, de los resultados y de exigencias ficticias porque está vinculada a la expresión de nuestra propia singularidad que no se deja coartar, ningunear o anular por otras voces propias, con las que nos hemos identificado, o con otras ajenas, que pensamos nos proporcionan seguridad. De hecho, en cuanto más nos apoyamos en los demás buscando seguridad, más alejados estamos de lo que es en realidad la confianza. Se trata, pues, de discernir, atender y confiar en nuestra propia, auténtica y profunda voz que surge de quién yo soy realmente. Atendiendo a esta concepción, la confianza es clave en la vía de llegar a nuestra plenitud como personas. Según R. W. Emerson en su libro La confianza en sí mismo:
La mayoría de las veces no nos expresamos más que a medias. Parece que nos avergonzamos de la idea divina que cada uno de nosotros representa. Y, sin embargo, debemos descansar en ella con seguridad, como en una cosa que está proporcionada a nuestras fuerzas y que nos lleva a un éxito seguro, con la sola condición de ser fielmente interpretada.
En nuestra vida cotidiana se suelen dar actitudes que van en contra de esa intuición básica que han recogido muchas de las tradiciones filosóficas y espirituales a lo largo de la historia. Es importante matizar que la desconexión de nuestra confianza en nosotros mismos, en los demás y en la realidad, se produce por la identificación con ciertos juicios y creencias limitadas. Algunas de ellas son muy poco consistentes, pero parecen estar plenamente asumidas por muchos de nosotros. Por ejemplo, creemos, en muchos casos, que la desconfianza es beneficiosa porque nos protege del peligro. Evitamos personas que creemos dañinas, nos alejamos de un mundo que interpretamos como hostil, e incluso desconfiamos de nosotros mismos, de nuestras cualidades y potenciales, cuando nos identificamos como seres malos, nocivos, inexpertos, torpes, etcétera. Pensamos que, de esta manera, entre otras consecuencias, nos ahorramos padecer un terrible sufrimiento. Pero, lo cierto es que, de este modo, estamos muy lejos de evitarlo porque es precisamente esta creencia limitada, que está operativa en nuestra vida, la que nos proporciona más sufrimiento.
En relación con lo dicho anteriormente, recurriré a otro ejemplo que señala las limitaciones y riesgos de la asunción acrítica de la idea de que la desconfianza es buena. En esta ocasión recurro al refranero popular. A todos nos han dicho alguna vez:  “Mejor malo conocido que bueno por conocer”. Bajo esta expresión descansa una creencia nefasta que no nos permite explorar en nuevos territorios, ámbitos y relaciones. En realidad, nos deja anclados en la inmovilidad de un presente –en el que paradójicamente no estamos presentes- e inmersos en un mar de resignación, que obstaculiza o frena un avance hacia otros lares. Se hace necesario, en este contexto, distinguir la desconfianza de la prudencia, siendo ésta última una buena y muy necesaria cualidad que nos protege del peligro y de vivir de forma temeraria. Ya decía Aristóteles en La moral a Nicómano que la prudencia debe “contribuir a la virtud y la felicidad humana”. En sus propias palabras:
Es necesario reconocer, que la prudencia es esta cualidad que, guiada por la verdad y por la razón, determina nuestra conducta con respecto a las cosas que pueden ser buenas para el hombre.
De lo que se trata, en este contexto, por tanto, es de reconocer como perniciosa la desconfianza cuando se trata de una reacción que va en contra de la vida. Es fácilmente reconocible esta actitud de resentimiento vital, en las actitudes de inmovilismo y de apego a ciertas cosas, personas y situaciones, que no es otra cosa que la falta de aceptación de que la vida es lo que es, ni buena ni mala, sino que simplemente es. Evidentemente, aquí no hablamos de una desconfianza o sospecha que responde a una intuición genuina de nuestra propio criterio e inteligencia, que se plasma en una vía indagación, de mayor comprensión, clarificación, y que se vincula a una actitud filosófica de amor a la verdad. Es decir, que cierta sospecha y desconfianza en lo que nos dicen, porque no acaba de encajar, cuadrar, con lo que nuestra intuición, inteligencia y experiencia, es signo de confianza en nuestro propio criterio y, es de hecho, uno de los motores de avance social, humano y cultural. La relación de la confianza -con uno mismo, los demás y la vida- está muy bien vista por Marina Garcés en Filosofía inacabada a través de esta cita:
¿Por qué nos confiamos a otros para pensar juntos lo que cada uno debe pensar por sí mismo? No hay filosofía que valga para uno solo. Pero no hay filosofía que no deba ser pensada y repensada por cada cual. Hacer filosofía es confiar en que todos podemos pensar por igual pero que nunca pensaremos todos igual. Es confiar en que las razones que sostienen una idea no son ocurrencias personales sino necesidades colectivas que pueden ser también revisadas colectivamente. Y es confiar en que sólo desde esta confianza puede librarse un verdadero combate del pensamiento contra todo lo que no nos deja pensar ni, por tanto, vivir.
¿Cómo podemos ver el grado de desconfianza con el que vivimos nuestra vida? Se muestra, de una forma muy clara, en el miedo que tenemos de vivir y de relacionarnos con lo desconocido. Si nos preguntamos en qué medida tememos lo nuevo y los cambios, podemos visualizar el grado de desconfianza que impera en nuestra vida. ¿Nos negamos a dejar nuestro trabajo cuando caemos en el abatimiento? ¿Nos resignamos a acabar una relación insatisfactoria? ¿Llevamos mal el paso del tiempo, por ejemplo, dejar atrás nuestra juventud? Si la respuesta es afirmativa, denota ese horror vacui insuflado por el miedo a caer en el abismo de la desconfianza y del sufrimiento, de que nada bueno puede pasarnos. La confianza, todo lo contrario, es aventurarse a vivir lo desconocido con la más firme convicción de que nada malo nos va a suceder porque nos mantenemos firmes y lúcidos en una vida que es siempre fluctuación, cambio e impermanencia. Esta vez, doy paso a Mónica Cavallé en La sabiduría recobrada:
El gozo de vivir radica en gran medida en el permanente asombro que acompaña a ese surgimiento, a la expresión de esa obra de arte que es nuestra vida y que no sabemos de antemano, como sucede en toda verdadera creación, cuál va a ser su forma acabada. Ser veraz supone vivir en una constante aventura. El yo superficial no se aventura; no se maravilla ni se sorprende, solo planifica; no se renueva, se repite a sí mismo ad nauseam.
Cuando uno se instala en la confianza de sí mismo, los miedos desaparecen y desvanecen los recelos, dejando paso, a una radical libertad, en la que cada uno de nosotros, se sitúa en lo que somos profunda y honestamente, que confía en nuestro propio criterio, que ya no reside en valoraciones ajenas, discursos teóricos, ni en expectativas. Es aquí donde brillamos y, por tanto, nuestra luz emerge. Nos sentimos en plenitud y amos de nuestra propia vida. Esto es clave, pues reside en no poner la confianza en otro sitio que no sea el de uno mismo. Si nuestra luz proviene de los demás no seremos más que un reflejo vano y dependiente de ellos. Solo la confianza nacida de una comprensión de nuestra propia naturaleza como seres con cualidades esenciales, nos permitirá asentir, que somos luz propia. Para acabar, dejo, de nuevo, a W. R. Emerson, que expresa esta idea:
En un principio compartimos nosotros la vida por lo que las cosas existen; luego vemos esas cosas en medio de la naturaleza como apariencias, y nos olvidamos de que hemos compartido su causa. He aquí la fuente y el origen de la acción y el pensamiento: los pulmones, cuya aspiración da salud al hombre; el manantial, que no podemos negar sin impiedad y ateísmo. Reposamos en el regazo de una vasta existencia, que nos hace receptores de su actividad y órganos de su verdad. Cuando discernimos la verdad y la justicia, no hacemos nada por nosotros mismos; nos limitamos a dar salida al resplandor de esta inteligencia. Si buscamos el origen de esto, si pretendemos espiar el alma-causa, todas nuestras filosofías son inútiles; lo único que podemos afirmar, es la presencia o la ausencia de esa luz.